Un sentido y cinco pieles

Marín Marais

¿Que es?, ¿qué  dice?

Oigo su voz.

Es la piel. Su piel suave.

¿A qué  huele?, ¿qué roza?

Huele a comino.

Es la piel, su piel suave.

¿Qué mastica? , ¿que chupa?

Sabe a arándanos, arándanos negros.

¿Qué  toca?, oigo un violín.

No, es un cielo.

Es la piel, su piel suave.

Veo un poro,  otro poro y otro.

Y es la piel.

Mi piel de elefante y su piel suave.

 

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De sogas y semisuicidios

No era agua. Estaba lloviendo, pero no era la gotera de siempre lo que caía sobre la cara de Eutiquia. Eran trozos del techo, que le estaban cayendo en la cara, mientras contemplaba embobada ese espectáculo, espanzurrada en la cama. Se sintió ruin por no haber llamado a los albañiles a tiempo. Pero cambió de idea cuando oyó además una especie de grito y otro batacazo en el suelo, digo en el techo, de su dormitorio. Con el pijama lleno de manchas, porque había pasado tantas horas delante del ordenador que no había tenido tiempo de lavarlo, bajó con prudencia de la cama, se puso las zapatillas, esperando que algo resolviera ese misterio, para no tener que moverse y poder volver a roncar con soltura, y subió a casa del vecino.
Nadie abrió la puerta. Volvió a por la llave que tenía para regarle las macetas en sus ausencias y entró sofocada, pidiendo mentalmente que todo fuera una tontería. No estaba ella para esas incomodidades.
Allí estaba Genaro, tirado en el suelo, con una soga alrededor del cuello, la cara muy moradita y un priapismo algo vergonzoso. Pero no, no estaba muy muerto del todo, aún hacía chirivitas con los ojos y sacaba la lengua intentando decir algo.
Eutiquia siempre había sido algo pava y tardó en comprender que ese señor, su muy estimado vecino, debería haberla avisado, porque con estas cosas los precios de las viviendas se devalúan. Pero en un arranque de caridad, se lo perdonó y corrió a por el cortaúñas que estaba sobre la mesilla, le costó bastante romper la soga.
Genaro pudo incorporarse y extracorporarse, es decir, no sabía muy bien qué hacer, pero se agarró a Eutiquia en un arranque de simpatía y los dos volvieron a caer al suelo, ¿qué digo al suelo?, al techo, al de ella, y dieron un cebollazo en la cama de ella, como era de prever. La vida sedentaria y las dietas de usuario de ordenador, que son poco sanas, ya se sabe. Fue así como el amor surgió del delirio de un semisuicidio.
Fin, por supuesto.
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El lento calentamiento cojoncial

– Ese no es tu hombre biológico – le dijo un amigo, secándole las lágrimas con paciencia.
Marisa puso cara de niño gateando, con tijeras en ristre, que descubre un enchufe en el que encajan las dos puntas.
– ¿Y qué es el hombre biológico? – preguntó, temiéndose la respuesta.
–  El que te levanta las hormonas.
– Aaaah – …es que no se le ocurrió ningún comentario más inteligente.
Está claro, la culpa la tiene la pituitaria. La nariz. El olfato. El que conecta con el estado cerebral “taxi disponible”.
Su hombre biológico probablemente era más de retina,  de lo visual, del ojo abyecto… más de grafismos y audiovisuales. Pero a ella le gustaba desmarcarse para dar la lata y era algo cansina. De serie.
– Ya está, aquí no huele a feromonas y no hay remedio, ¿es eso? – dijo ella.
Y su consejero espiritual, con olor a arroz blanco cocido y yoga del puro, asintió con la cabeza.
– Vaya. Por eso encajo con Cristóbal y no con Alfredo, con Fernando y no con Luis, con Miguel y no con Ángel, ¿no?
– ¡Paaaaaara, mooozaaa!, ¿a dónde vas?, no hay tantos hombres biológicos.
– ¿Ah, no? – dijo la aprendiza, con cara de comprender que meter las tijeras en el enchufe quema – Vale, si tú lo dices, te creo, pero lo que yo pienso no siempre es lo que creo.
– Nena, Ernesto te la está pegando, y a tí te encandila porque su cerebro privilegiado le ha llevado a ser el presidente de la Liga de Antifaces de Cartón Couché. Ya lo dijo Mr. Wilde, llamarse Ernesto es fundamental en esta vida.
– Aaaah – insistió Marisa con su comentario literario de alto standing.- pero me estoy liando, ¿no íbamos a tomarnos unas cervezas para hablar sobre  el futuro del tantra occidental?
– No, corazón, tú sabes perfectamente que el aroma del lúpulo te puede desorientar.

Foto:Mandrágora: http://www.mind-surf.net/drogas/mandragora.htm

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Bicicuta

Bien. Creo que no es necesario aclarar que mi tipo dista bastante del de la chica de la foto, pero no mis intenciones. Necesito que el mundo sepa que un ser subido en una bicicleta es un ser/objeto tierno, frágil y perecedero. Sobre todo perecedero, porque lo cierto es que mis escarceos amorosos con mi bici han sido de peli de terror. De hecho la he bautizado con el dulce nombre de “Bicicuta”, y no porque intente envenenarme, pero sí porque me consta de forma fehaciente que intenta asesinarme.
Y mira que voy yo mona con mi casco más grande que mi cabeza, aunque haya sido difícil encontrarlo, mis guantes para proteger mis manos, aunque no sean de seda, y mis lucecitas de pilas que avisan a los demás de que voy para allá y más vale que se quiten, ya que mi pericia pedalística aún está por demostrar.
Mi bici es pequeña, ligera, plegable, suave y juguetona como Platero cuando acariciaba con el hocico las florecillas gualda. Es de acústica algo dañina, porque emite un chirrido con uno de los frenos como si fuera el orgasmo de una ballena. No me deja pasar frío, me engaña dando imagen de escuálida figura ingrávida. Pero pesa, es densa, y en cuanto me descuido intenta tirarme del sillín sin ningún miramiento. No puedo sonreír a otros ciclistas que pasan, porque se pone nerviosa y me hace caballitos y me tira al suelo para que me dé un guarrazo.
Eso sí, se ha acurrucado en el maletero de mi coche, así, de ocupa metálica. Y en el fondo me da pena, no tengo corazón para desahuciarla.

foto: http://www.todohumor.com/humor/imagenes/paseodeunaciclistanudista/

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Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia hasta para morirte era digna de litros de literatura, o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte, sólo pude incinerarte en vida, mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras pariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las mocas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

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Mi mosca despistada

Mi mosca despistada, se quedó conmigo en el último verano y me dio pena echarla de casa.
Andaba siempre dando vueltas por mi habitación, conmigo detrás, armada con trapos y revistas, subiéndome por camas, mesas y sillas, tratando de ahuyentarla. A punto estuve de utilizar insecticida, pero temí morir yo antes y me abstuve de cometer el  insecticidio. Empecé a acostumbrarme y a mirarla con otros ojos, desconozco con cuáles de los suyos me miraba ella, pero desde luego está claro que no veía muy bien, porque se daba unos guarrazos sonoros contra los cristales, que seguro producían mucho dolor, luego se quedaba un rato atontada, pero yo no sentía que fuera ético atacarla en su estado de desventaja.
Y yo ya se lo decía cada dos por tres, “mira Maruja, si sales por el cristal que está abierto llegarás muyyyyyyy lejos, pero no vuelvas a entrar corazón, porque te vas a dar la torta otra vez”.
Pero, eso, lo dicho, empezó a darme pena, fue llegando el otoño y la dejé que se quedara haciéndome compañía, amenizando mis horas de abstracción en el ordenador y posándose en las páginas de mis libros para indicarme por dónde tenía que seguir leyendo. Yo le daba miguitas de galleta, cachitos de entrecot pulverizado, pizcas de manzana,… y así está ahora, hermosa como una mosca reina, así no hay quien salga de ningún sitio. Si ya me lo dijo mi madre, “hija mía, mejor podías cuidar así a los moscones, que se te van todos, en vez de aplastarlos de un zapatazo”.
Maruja tiene un zumbido cariñoso y sensual, se conoce ya todos lo rincones de mi casa, ha explorado los conductos del aire acondicionado y estoy segura de que habrá encontrado allí a algún inquilino polizón con el que cambiar pareceres.
Estoy pensando en incluirla en mi plan de pensión de jubilación.

Foto lazy fly

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Pensamientos Trisílabos

Esta mañana me hice un café de esos como los de mi abuelita María, que es como a la turca pero en castellano. Pones agua a hervir, añades varias cucharadas de café para que esté casi masticable, y dejas que vaya combándose una “nata” de café sobre el agua, hay que procurar que no se desborde, no es tan sencillo, y cuando llega al borde levantas el cazo para que baje el hervor y así hasta 3 veces, a la tercera es cuando comienza a ebullir y se rompe la costra de café. Entonces apagas el fuego y tienes dos opciones, colarlo con el colador de tela (el chino), o echar café tal cual directamente con lo que luego deja los posos en una taza pequeñita y añades azúcar. Este segundo método, el de la borra del café, tiene la ventaja de que al final puedes volcar la taza sobre un plato después de girarla tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj, lo dejas un rato escurriendo, luego miras los dibujos que dejan los posos y allí en el fondo de la taza están algunos retales de tu pasado, tu presente y tu futuro escritos. Bueno, esto es más de meigas, pero estimula la imaginación que da gusto.

Y esta mañana vi en la taza la silueta de un perrito siguiendo a un elefante.
Primero me quedé con una sonrisilla de esas de “yastamos con tonterías, ¿y esto que es lo que es?”.
Pero luego vi claramente que el elefante eres tú, con tus pensamientos trisílabos, y yo el perrito, pero un perrito algo tontaina, inexperto, liante, como esos que la lían con el rollo de papel y luego ponen cara de pena para que no les riña nadie. Un cachorro de labrador, sí.
Tú, con tu elefantidad milenaria, me miras con cara de “es que no tienes remedio”, y yo ladro un poquito para despistar a ver si hay suerte y no te fijas en la caquita que se me ha escapado en aquella esquina. Y tú te enfadas o no, nunca se sabe, porque tus pensamientos trisílabos y tridimensionales siempre han superado a los míos bidimensionales, bisílabos y en mantillas.
Te piso la pata en mis correterías y tú ni siquiera barritas, sospecho que es como si te hubiera hecho cosquillas con un algodón.
Tus ideas están tan altas, que no alcanzo, no puedo verlas, te quedan a la altura de las orejas y se esconden como detrás de un abanico. Nunca pensé que un elefante pudiera coquetear de esa manera con sus pensamientos.
Anda, agacha un poquito el lomo, para que me suba a correr por encima y te rasque con mis patitas.

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Destaponante

Mi vecino Ramón no es exactamente mi tipo, tampoco yo el suyo, pero tiene una mezcla de olores a tabaco, semen y sudor, que me hace seguirle con la vista y el olfateo cuando pasa por el portal. Es de edad indefinida y eso seguramente se debe a su actividad extralaboral: su segunda profesión es “donante”, desconocemos la profesión principal.
Es donante de sangre, de semen y de pelo para peluquerías,… bueno, el semen no lo entrega en las peluquerías, creo, me refería al pelo, para que hagan postizos y bisoñés con sus capilaridades.
Es un tipo generoso, con una sonrisa amplia en la que faltan dos muelas que donó a su abuela cuando ya no podía comer más que purés.
Se sabe que se pasa la vida investigando qué puede donar de su magnífica persona. Se ha donado a sí mismo a la ciencia para que, cuando se muera, aprovechen de él todo lo que sirva para perpetuarse en otros seres.
Dona piel para quemados y se siente algo frustrado por no poder donar óvulos, ¡lástima!
Ayer me enteré de que ha ido a visitar a un otorrinolaringólogo muy conocido por sus habilidades artísticas.

Nos consta que Ramón se ha hecho donante de tapones de cera de las orejas.
Con asombro se comenta en la comunidad. Pero nos hemos enterado de que Don Torrino le sacó a Ramón un inmenso tapón de cerumen con una deflagración, como para avisar a los bomberos y al cuerpo nacional de artilleros y policía judicial.
Y se sabe que el destino de ese cerumen de tapones de orejas generosas es para un banco de cera multicolor para fabricar exvotos.
Sí, sí, exvotos. Esos que cuelgan a modo de piececitos, manos y otros cuelgues de cera en una salita de algunas ermitas, mediante los cuales los fieles dan fe de haber recibido los favores solicitados a sus vírgenes y santos.
Voy a ver si me fabrican un exvoto con la cera de Ramón y así se acaban para siempre mis males de la higuera.

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Me ha salido un grano en la nariz

Me ha salido un grano en la nariz.
Y no tiene gracia.
Se llama “Tú”.
Te veo por todas partes y a todas horas como si fueras un político de tercera.
Subo, bajo, merodeo para acá y para allá y mis ideas se me enganchan a tu cara como una planta trepadora.
Me paso el día intentando buscar archivos de piezas incunables, pero veo el grano en la punta de mi nariz a través de mis gafas, entre los satanes y las evas de las ilustraciones, y brilla el puñetero grano inflamado con una sonrisa muy parecida a la tuya y se ríe de mí.
Por entretener al tiempo a ver si le da la gana pasar de largo, he hecho una búsqueda bibliográfica de los episodios registrados en los últimos años de pseudoquistes pancreáticos complicados con derrame pleural,… así si tú no me das un beso, a ver si al menos me dan una beca de investigación.
Pero el grano me mira, desde mi nariz respingona de payaso, se chotea de mí, no me deja que te olvide y además duele, me hace pupa, me hace daño.
Me he tirado a bucear a la piscina con intenciones de ahogarme o de que estalle ese puñetero granito, y una vecina amable ha venido a rescatarme y me ha sacado con los labios mu moraítos… pero con tu imagen clavada como un grano en mi nariz.
He ido a una bruja a ver si me daba algún emplasto o algún conjuro para convertirme en olvidadiza. Lo malo es que era tu cuñada y la cosa no ha resultado fácil.
Así que he optado por enviarte orquídeas con mis efluvios, a ver si del empalago te vas al reino de las sombras, y recupera la paz el infinito universo.

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Unas tetas muy bien puestas




Género no erótico.

Mi amigo Pablo me había estado dando la lata varios años con la misma monserga: “Niña qué tetas más bien puestas”.
A mí me tenía bastante preocupada el que él se sintiera de menos a mi lado. Yo no tenía la culpa de que él no tuviera tetas, pero, al fin y al cabo, era un amigo del alma física y psíquica.
Yo, por más que me miraba, no veía ningún misterio en aquella maravilla arquitectónica (así lo consideraba él), los métodos de sujección eran exactamente los mismos que los que pudiera tener cualquier otra colega de fatigas. Pero decidí ser generosa y hacerle un buen regalo para su cumpleaños.
No, no os vayáis a reír, que no es nada fácil cortarse las tetas con un cuchillo de cocina si no está bien afilado. Se pueden quedar cortes con laceraciones y resultados antiestéticos. Fue un poco doloroso, pero mi amigo bien valía un peine. He dicho peine.
Las tetas además son muy suyas. Bueno, son mías, pero tienen como vida propia y se escapan rebotando por donde han venido con una caída y una elasticidad mal calculadas, son advenedizas y se adaptan con dificultad a los designios de quien desea retenerlas. Tuve que luchar un rato largo para lograr algo decente. Finalmente lo conseguí. Y me alcé triunfal, algo ensangrentada pero triunfal, con el tesoro. Corrí a congelarlas para evitar deterioros por efectos del irreverente tiempo.
El día de su cumpleaños, mi amigo me recibió con los brazos abiertos. Siempre me había dicho con una risa que yo no acababa de comprender que siempre estaría dispuesto a besarme si yo prometía no mover las tetas. Y en este caso cumplí sus deseos. No las moví. Las llevaba empaquetaditas en una cajita isotérmica y las mantuve quietas mientras él me besaba con parsimonia y algo mosqueado.
Me miró y me notó rara. Como si no me reconociera.
Yo le dije “¡Sorpresa! ¡Feliiiiiz, feliiiiz en tu díiiiaaaa!” Y con mi escopeta de silicona en ristre, la que usaba para las losetas sueltas del cuarto de baño, me dispuse a dejar bien pegadas en su pecho mis tetas. Pero no había contado con un accidente topográfico: él tenía pelo, mucho pelo, y las tetas se quedaron a medio pegar, como colgadas de un balcón, algo mustias y desoladas.
Aunque he de decir que por fin pude comprender el tono de admiración que mi amigo siempre había traslucido cuando, con esa cara de arrobo, me dediqué a abrazarle yo.

Foto http://www.blogdehumor.com/category/fotos-graciosas/


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Tóxico Benigno

¡Ay, guapa!
No hace falta que coma setas alucinógenas, si cada vez que apareces me salen palabras, palabros, requiebros y floripondios, como a la luz de la luna pero sin cerveza. Siempre fui un poeta de feria y el lirismo me inunda a ratos, como las norias. Entras en mi burbuja y el alma se me sube a la parra sin necesidad de vinos olorosos, las uvas son sólo para ver cómo te las comes.
No me importa que me intoxiques de esa forma tan benigna que transporta luces a mis oscuridades.
No te confundas, nena, no estoy enamorado de ti, estoy enamorado de mí en este estado que me produces con que simplemente muevas un dedo. Y como eres perversa y de naturaleza opaca, no siempre me dejas adivinar lo que escondes debajo de tus cejas.
Te recitaría poesías, pero me da mucha risa, así que empieza tú primero.
Mejor será que me vaya a volar como las abejas de flor en flor, aunque creo que no volveré a libar otro tóxico igual. O a lo mejor es más útil si me transformo en vampiro primaveral y voy a chuparte la sangre de ninfa de los infiernos.

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Blogger Blues: SHERLOCK POST

No os perdáis este thriller de Joe Andrés:

Blogger Blues: SHERLOCK POST:               Me siento impelido a contar este episodio, que ya sabéis que yo soy muy episódico, debido a la intensa investigaci…

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Gallos, poesía y monumentos

Los gallos del Parque La Paloma han perdido la color.
Toda Benalmádena suspira con sus cuitas.

(Saca un pañuelo y si eres diabético no sigas leyendo, que hoy he puesto todo el azúcar en el asador).
Tristes y compungidos, pasean los gallos parque arriba parque abajo, salen a pasear por los alrededores sin darse cuenta de que el mundo ha cambiado. Abstraídos, no ven que los coches han formado caravana para dejarles que crucen la carretera como pedro por su casa. Avanzan con parsimonia, una pata, luego el cuello, la cabeza, se quedan en suspenso unas décimas de segundo con el ojo amarillo enfocado al aire, trasladan la cola como un elemento independiente, avanzan luego la otra pata y vuelven a empezar. Hacen ondear su cresta pensativos. Se cruzan entre sí sin mirarse, como almas en pena, como poetas que son.
Erráticos por el parque, se preguntan si existirá el mundo más allá de la barrera de cactus. Y van dejando caer sus plumas como cuando un castaño regala sus hojas al suelo a modo de abrigo de visón, a modo de chantaje emocional para que albergue sus raíces. Ellos simplemente desearían dejar su pluma grabada en granito, aunque se fastidie el granito, ya se encargarán de erosionar sus egos los vientos del futuro.
(Aypordiosquépena, rasgueo de guitarra, por favor)
Las plumas de los gallos se quedan quietecitas ahí, en el suelo, que es autista. Y a veces se dejan mecer un poco por el viento, como los poemas, como las poesías, como las barbas de los poetas y las melenas de las poetisas en su anhelo de ser leídos. Esperan caer arrebatadas en brazos de la emoción, brillan apasionadas.
Las gallinas se han quedado pálidas, casi blancas, están demasiado concentradas en el huevo fresco. Su poesía es de otro color, no es poesía de crestas barrocas.
Pero quiero contaros un suceso curioso, extraño.  Han desafiado al bosque de cactus y acaban de encontrar a su musa. Ya no se sienten abandonados. Se confabulan los gallos y descubren el asombro del mundo, el por qué de su existencia, el tótem de su esencia: El monumento homenaje a la poesía, o a los poetas, porque ya no se sabe si es monumento, conjunto escultórico, escultura, el rincón de los cuentos de los niños, el banco de las lamentaciones, o una obra de ingeniería con las instrucciones en poema de cómo utilizar un smartphone con los dedos gordos. Que el vulgo distorsiona mucho los hechos primigenios y también Quevedo era poeta.
Ven un árbol férreo, que en vez de bellotas da libros, que en vez de hojas de clorofila tiene hojas con tinta, se desconoce si de sepia o sintética, y ven gente a sus pies, seres humanos, mayores y pequeños, que se sientan a la sombra del libro-árbol y se cuentan cuentos, se reúnen a hablar de otros árboles, de otros libros y de otros poetas. Se sientan en sus raíces pétreas  y sueñan con sentirse más firmes.
Antes de regresar henchidos al gallinero, sacando más pecho que los pavos reales, van saltando entre las ramas aceradas del árbol-libro, sueltan plumas para que los que pululan por abajo escriban sobre la poesía de la pluma del gallo, hacen pequeños vuelos sin motor  y mueven el mundo dormido de las ocho de la tarde.
El árbol se ríe con dientes de libro.

Foto: Monumento al Libro, Juan Carlos de Clares, Benalmádena, Parque de La Paloma
Artículo publicado en la revista digital Aforo Libre

 

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¡Una de garbanzos!

 

Cocomaru  se despertó esa mañana algo empanada, pero se tomó sus pastillitas para el cólera para despejarse y se fue a la cocina a hurtadillas con su ordenador fucsia, mientras varios seres humanos en estado de coma profundo pululaban por los dormitorios de su casa, víctimas de un pacharán malévolo de delicatessen de autor.
Allí miró con ternura la foto de un Miguelón desalmado. Desalmado porque se había quedado vacío de alma, había sucumbido a otra alma torturada que vampirizaba la de quienes se aproximaban demasiado a ella.
“Ánima torturada busca incautos para chuparles las energías y vaciarles los sesos”, parecía que hubiera respondido a algún anuncio así en cualquier sección de contactos anímicos.
Así que Cocomaru le preparó uno de esos calditos de Meiga, hecho con cariño y muchos conjuros, con ojos de salamandra de Los Alpes, diente de funcionario de la seguridad social, tela de araña verde esmeralda y suspiros de almas torturadas haciendo yoga.
Fue milagroso, oyes tú, como te lo cuento.
Miguelón se enderezó como cuando La Masa se disponía a conquistar el mundo, después de haberse rebozado con las croquetas, y al mirar por la ventana se dio cuenta de que ya había salido el sol.
Un sol dulce y amable que también estaba mirando Cocomaru, sonriendo, mientras jugaba a los chinos con garbanzos de varias razas para recuperar una risa que todo lo sanaba.
Un garbanzo negro y uno de plata retaron a un garbanzo lechoso a ir a la playa, y a él se le subieron las maracas.
“Sana sana culito de rana…, Cocomaru te envía un besito de hierbabuena”, y el contagio de almas torturadas, se deshizo por su poca consistencia, como los hechizos de vidente de televisión.

Nada te enoje.

Sopla el viento.

Huele a cocido.

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Peras con guisantes

Pues eso, que ya lo he dicho, que me he cambiado de desodorante para ver si las palabras no huyen de mí despavoridas y se avienen a formar significantes y significados legibles, gustables y paladeables.

Mientras tanto, me dedico a comer peras con guisantes en un nihilismo cerebral sin eco, porque las neuronas se me han ido de excursión al estómago y está difícil pensar sin emitir aires raros.

También ando en eso de reconvertirme en un ser social, mientras espero sin fumar, no es cuestión de empezar ahora que todo el mundo lo está dejando, mis vicios nunca han sido de este mundo, así que he vuelto a darme las mechas, a arreglarme las uñas y a usar la grúa para subirme en los zapatos de tacón, aprovechando que la dieta peraguisantera me ha dejado un aire de escultura de Giacometti.

Mira que insisto con intención e inquina, pero se me escapan los relatos como si fueran billetes de 500 euros a la puerta de un hogar de jubilados. No fraguan, no cuajan, no encajan, ni tan siquiera se quedan un ratito a conversar conmigo.

Huyen, mis palabras huyen, vuelan aviesas entre mi pelambrera un rato, descojonándose de mis delirios de escritora, y emigran a un limbo codificado del que no tengo descodificador, dejándome compungida como si me hubiera abandonado un novio cualquiera.

No les da la gana venir a buscarme ni en sueños, se han tomado una año sabático, que ya dura más de un año, y posiblemente estén coqueteando con algún informe pericial de algún juzgado o con los requiebros de algún tontaina que se la va a dar con queso a alguna princesa, o a lo mejor forman parte del discurso de algún prócer aún no procesado.

Voy a tener que hacerme unos implantes de peras y guisantes.

[Foto: Tomates de la Herencia en superficies pintadas, de Elena Ray para Shutterstock]
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Mi mosca despistada

Mi mosca despistada, se quedó conmigo en el último verano y me dio pena echarla de casa.
Andaba siempre dando vueltas por mi habitación, conmigo detrás, armada con trapos y revistas, subiéndome por camas, mesas y sillas, tratando de ahuyentarla. A punto estuve de utilizar insecticida, pero temí morir yo antes y me abstuve de cometer el  insecticidio. Empecé a acostumbrarme y a mirarla con otros ojos, desconozco con cuáles de los suyos me miraba ella, pero desde luego está claro que no veía muy bien, porque se daba unos guarrazos sonoros contra los cristales, que seguro producían mucho dolor, luego se quedaba un rato atontada, pero yo no sentía que fuera ético atacarla en su estado de desventaja.
Y yo ya se lo decía cada dos por tres, “mira Maruja, si sales por el cristal que está abierto llegarás muyyyyyyy lejos, pero no vuelvas a entrar corazón, porque te vas a dar la torta otra vez”.
Pero, eso, lo dicho, empezó a darme pena, fue llegando el otoño y la dejé que se quedara haciéndome compañía, amenizando mis horas de abstracción en el ordenador y posándose en las páginas de mis libros para indicarme por dónde tenía que seguir leyendo. Yo le daba miguitas de galleta, cachitos de entrecot pulverizado, pizcas de manzana,… y así está ahora, hermosa como una mosca reina, así no hay quien salga de ningún sitio. Si ya me lo dijo mi madre, “hija mía, mejor podías cuidar así a los moscones, que se te van todos, en vez de aplastarlos de un zapatazo”.
Maruja tiene un zumbido cariñoso y sensual, se conoce ya todos lo rincones de mi casa, ha explorado los conductos del aire acondicionado y estoy segura de que habrá encontrado allí a algún inquilino polizón con el que cambiar pareceres.
Estoy pensando en incluirla en mi plan de pensión de jubilación.

Foto lazy fly

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No me seas estorbito

¡Vale ya, Mikaela!
Haz el favor de centrarte y estarte quieta, que me tienes negro. Para, para la cabeza y deja de pensar.
Eres una petarda con tus letanías masoquistas buscándome las vueltas para que te mande a freír espárragos.
A veces pareces una niña malcriada berreando, pataleando y lloriqueando por una chorrada.
Estorbito, que eres un estorbito.
¡Anda, anda, vete a freír los puñeteros espárragos, …y un rábano en salsa también!
Y cuando acabes, vuelves y me los traes, a ver si podemos compartirlos en paz y silencio, ¡leñe!
Que haces más ruido que un contenedor de vidrios rotos.
No me seas heteróclita, ni ojetera, que me estás buscando las cosquillas y lo vas a conseguir.
A veces te mordería, ¿eh?
Oooooooommmmmm

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¡Pelagatos!

Hoy no me sale ningún relato. Tan sólo un homenaje a una actriz, y una palabra, que hace varios siglos me hizo mucha gracia al ver el final de una obra de teatro en el espacio “Estudio 1” de tve. La obra “Eloisa está debajo de un almendro” de Enrique Jardiel Poncela.

La palabra: “¡Pelagatos!”

Se la dice doña Clotilde a Ezequiel al final de la obra. Y aún recuerdo la gracia con que la soltó la actriz que encarnaba ese papel, Amelia de la Torre, con un gesto muy digno de desprecio que me hizo reír tanto como la palabra en sí, que viene a significar  “Persona socialmente insignificante,sin posición económica: es un pelagatos con aires de grandeza”.

Foto Amelia de la Torre
Enrique Jardiel Poncela -Maestro del Humor-

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Un campo comestible

Lo bueno de vivir de niña en un pueblo pequeño, aparte de mondarte de risa corriendo detrás de las gallinas y los pollitos, es que el campo está ahí. Te despiertas con cantos de gallos de verdad, extiendes la mano y chas, ahí está el campo, junto a las gafas.
Por ejemplo, un abril cualquiera, cuando ya se ha hartado de llover y de nevar y las hierbas se revolucionan, vas con las amiguitas a comer panecillos de malvas, las semillas que hay antes de que se abra la flor, que están ricos ricos. O ya más cerca del verano, te metes en el trigal y entre pasillos de espigas verdes, que te hacen cosquillas y te pican en las piernas y en la cara, arrancas unas cuantas y luego mientras caminas de vuelta por un sendero de barro al lado del arroyo, vas abriendo con mucho cuidadito los granos y comiéndotelos, después de superar la prueba del algodón de quitar las “barbas” de la espiga. Claro que en mayo es un placer infinito correr por campos verdes con muchas amapolas buscando acederas, arrancar las hojas y guardarlas para zampártelas luego en torno al mantel de cuadros, con varios tazones con sal, pimienta, vinagre y pimentón, en los que vas mojando la hoja de la acedera para luego poner la cara que se pone cuando te comes ese manjar agrio, salado y picante. Claro que ese día, por el camino. también te has comido unas cuantas semillas de una flor blanca que llaman panyqueso, que no sabes lo que es pero que sabe buenísima. Y has completado el menú chupando el líquido dulce de los pétalos arrancados de flores violeta que tampoco sabes cómo se llaman.
El sol tibio y alegre te hace pestañear y reírte con las cosquillas que te hace en la nariz.
O juegas junto a la verja del jardín de doña Manolita, que tiene numerosas plantas trepadoras escondiendo tesoros que nadie conoce. Y arrancas las hojas de la hiedra probablemente venenosa y las masticas con fruición, aguantando ese sabor amargo y ácido que te deja la boca hecha un zapato, pero no te mueres.
A ratos también, mientras charlas acerca del olor a tiza de doña Asun la maestra, tirada panza abajo en una hierba mullida, arrancas briznas y las masticas distraída, como el que come patatas fritas en la terraza del bar  tomándose la cocacola con los amigos, ya de mayor, claro.
Y te ríes como una loca en la era haciéndole perrerías al mulo que tira del trillo porque está en desventaja con sus anteojeras y no os puede dar coces.
Y te dejas pasear en el trillo sobre ese trigo amarillo, el polvo dorado, la paja rubia y te dejas arrastrar por esos tiempos infinitos.

Huele al campo que ya no existe.

Foto Trigal

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Achtung! Mujer parapetada!

Érase una mujer parapetada.
Esto era una mujer Queveda a una metralleta de letras pegada.
Érase una mujer con el dedo en la anilla de la granada.
Esto era una que se armó con un arsenal de eficiencia laboral.
Érase una inquilina de un tanque de renta antigua.
Esto era una mujer de sonrisa acartonada comefugitivos.
Érase una mujer gallina clueca cuidadora de pollos ya muy creciditos.
Esto era una auténtica mujer-soldado-gallina.

Y para colmo sin casco.

Foto mujer-soldado

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Mordisqueable

¡Me encantas!, dijo ella.
Y la galleta estuvo a punto de ablandarse. Pero resistió estoicamente con ojitos tiernos, con esos agujeritos hechos con amor y cariño en una base de sémola de trigo duro de alguna casa no pizzeril.
Las galletas, de todos es conocido, se nutren de leche de ubre ágil o paciente, según la época del año.
¡Me encantas!, eres mordisqueable, volvió a decir ella por enésima vez, dispuesta a hacerle una rinoplastia de un mordisco.
La galleta sintió el miedo profundo que uno siente ante los monstruos peludos.
Pero muy consciente de haber sido creada para fines de se sacrificio, se dejó comer.

Imagen: galletas únicas

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¡Estoy en 1º de mus!

– ¡Mentirosa!
– De eso nada, te juro que estoy aprendiendo a jugar al mus. Estoy en primero de mus, que es como aprender a escribir pero más lioso, ya sé lo que es un “duplex” y lo que significa “envido”.
– Y yo sé lo que es un adosado, no fastidies. Anda guapa, que eres más rara…
– Pero si es un juego que tiene más de 200 años.
– No si yo ya te imaginaba a ti con un traje de pana, boina y bigote, y dentro de poco eres capaz de fumar puros.
– Vale, nena, tú imagíname como quieras, pero el profe es un personaje.
– ¿Ah, sí?, ya decía yo que había gato encerrado, cuenta, cuenta.
– Pues está bien, muy bien, mejor de lo que me habían contado, la verdad es que le dije que sí a lo del mus para verle la jeta en vivo y en directo. Y ha tenido la santa paciencia de irme enseñando las reglas del juego con ojos a media asta y voz amable, con orden y sistemática lejos de mi caos mental, y hasta ha conseguido que yo logre sumar tres cartas seguidas. Tiene mérito el muchacho.
– Ya, ya, si no te conociera…
– Bueno la verdad es que me costaba trabajo seguirle, porque se me iban las ideas por otros derroteros. Tiene una preciosa nariz aguileña de Julio César. Mordisqueable.
– ¡Mordisqueable!, tú y tus símiles.
– ¡Órdago a la grande!
– ¿Mandeeeee?
– Es laaaargo, muy laaaargo.
– ¿Alto?
– Sí, pero no me refiero a eso. Me refiero a esa sensación que me transmiten algunas personas de que me van a dar siete vueltas y que me hace flotar en un nimbo amarillo.
– Es deciiiiirrrrr…
– No, no digo nada. Porque en mi vida siempre prima la ley de incompatibilidades, tú ya lo sabes. Lo único que digo es que me recuerda a mi profe de matemáticas: él explica con una claridad meridiana y yo pienso con un oscurantismo trigonométrico, durmiéndome en los laureles de vez en cuando y pensando en las musarañas,… bueno en las musarañas no, pero en que me encanta su modo de hablar sí. Él pone un interés tremendo en enseñarme, así que creo que incluso voy a tener la suerte de aprender, pero de aprender muchas cosas, lo del mus va a ser todo un descubrimiento, a ver si se me fuga la ingenuidad para siempre haciendo mutis por el foro.
– Niña, tú no tienes remedio.
– ¡Mus!

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Maremotos

Hoy el tiempo y el espacio han sido misericordes y me han vuelto a regalar cobaltos en forma de mar.
Me han dejado resquicios de muros blancos para poner límites a eso tan infinito que me atrae como el peligro.
La luz se ha aliado con la parte más visual de mi ser para que pueda contemplar tanto azul desprendido. Me ha dejado que sea feliz viendo regatas a lo lejos. Puntos blancos compitiendo con un viento que no toco, haciéndome guiñar los ojos y nadar mentalmente en ese mar aún helado.
Por un momento me he confundido y, sin darme cuenta de que estaba en mi terraza, me ha salido una carcajada y una pirueta de delfín.
***
Mar no me traiciones.
No adoptes ese gris-azul melancólico. Que entonces ya no tendré más remedio que aliarme con las nubes y regarte desde la cima. No dejes que nadie se dé cuenta de que te miro y me envuelvo en tu idea. Me perdería buscando peces abisales para sentir que no todo es belleza.
Anda refleja un rayito de sol y no te enfurezcas.
***
Vibras en un azul de lujuria. Me ciegas con un brillo que emborracha mis ojos.
Mar de verano. Ese que te vistes cuando menos me lo puedo permitir. Mar perverso, que te ríes de mí acogiendo todos los deseos inconfesados. No bañes a nadie, que me produces celos. Regálame sardinas y boquerones que jugaron contigo en el frío transparente de tus bancos de arena. No me hagas perder pie con tus olores, que si me ahogo, ya no salgo de la pena.
Regálale a él una brisa de susurro de juego. Dile cuánto le espero.
***
Rizo, rizo, rizo, rizo en ola voraz y ¡zas!
Me abofeteas con tu salitre en invierno. Pero no me sacas del letargo. Sólo me hipnotizas aún más rugiendo.
Rizo, rizo, rizo y revolcón impío.
Déjame correr con el huracán sobre tí, pisando verdes aguados, azules añiles, grises, grafitos, blancos y ocres. ¿Quién me contó que eras azul? Me vine con las acuarelas de pintar mares y me dejaste sosa con mis matices cuando oí el inmenso concierto que organizas con los tuyos.
¿Por qué no me advirtieron que tus colores son una orquesta de infinitos sonidos?
Te levantas en una amenaza de ola que va a recuperar su tierra y la dejas tirarse como una bomba que trepana mis tímpanos con colores de guerra.
***
Se me ha caído una lágrima azul.
¿Seré tonta? Se me acaba de caer otra. No logro contenerlas. Me tiñen un surco de azul en la mejilla.
Sentada en la arena, junto a tu imagen contemplándome, me he mimetizado contigo. Nunca pensé que en algún momento fuera a convertirme en agua. Es una sensación extraña. Sobre todo porque mis fuentes están tirando de alguna cadena dentro de mí. Sigo en esa rara situación, me siento seca a pesar de que soy de agua, y mis lágrimas azules forman un charquito que se va diluyendo en tu ir y venir.
Me sonríes con olas dulces, Mar.
***
Se me deshacen los bucles quedándome suspendida en medio de esa luz tamizada de agua. Me dejo ondular suavemente por un día de calma chicha. Dentro del agua todo tiene otra dimensión. Me quedo contemplando el misterio de las burbujas que salen de mi nariz. Sólo muevo ligeramente los pies para no salir aún a la superficie. Fundo el color de mis ojos con el de la arena y el movimiento de mi pelo con las algas. Suelto todo el aire y mi peso me deja tumbarme en el fondo.
Desde allí imagino cielos que te penetran
***
Voy al puerto.
Me voy a la zona de rocas, donde puedo sentarme en silencio.
Me dejo rellenar todos los poros y pliegues por la brisa marina.
Mis oídos bailan a la vez que las olas. Y ese sonido repetitivo es un bálsamo, asienta mis remolinos, cicatriza mis heridas como un bálsamo y me hipnotiza tanto como cuando se mira el fuego.
Todo está en calma y te echo de menos.
***
Te quedas en calma chicha, transparente. Me reflejas en tu superficie. Sentada en la proa, con los pies descalzos colgando y la cabeza y los brazos apoyados ociosos en la barandilla.
Por debajo me ofreces el ballet acuático más bonito que he visto.
Medusas de todos los tamaños se deslizan silenciosas y peligrosas.
Medusas enormes, como una mesa camilla, con sombrilla transparente y tentáculos larguísimos de color burdeos apagado.
Medusas chiquitinas, tiernas, del tamaño de un reloj de pulsera, que bailan con lentitud.
Todo está como suspendido en una continuidad de aire y de agua. Y yo me siento medusa por un rato y ondulo los dedos sin darme cuenta, como si dirigiera una orquesta.
De repente, el sol se pone, ocultándose tras una montaña, y deja una extraña superficie blanca, ligeramente ondulada. En vez de mar, pareces nieve. Y todo lo que hay debajo desaparece de mi vista dejándome sólo el sonido de mi respiración.
***
Ayer intenté morirme dentro de tí, aprovechando que estabas helado y gris.
Me rechazaste con furia. Y no supe a qué se debía la ira de tus olas. Me dejaste con la duda de si no deseabas dejarme desaparecer o si no deseabas dejarme permanecer en tu intimidad de gigante.
Me quedé dolida tirada en la playa, devuelta por remolinos que me golpearon con rudeza una y otra vez en la arena y taparon mi garganta y mis pulmones con agua malvadamente salada.
Hoy lloro sin fuerzas.
¿Por qué no me dejaste viajar a tu cementerio abisal?
Otra vez tengo que soportar la gloria de los rayos de sol.
***
Me acunas con ese verde esmeralda maternal. Y me dejas hacer castillitos en la arena.
Me aplico, con vehemencia de niña cabezota, haciendo torres perfectas y un foso digno de rellenar con cocodrilos de verdad.
Bañas suavemente las plantas de mis pies, mientras las trenzas se me mojan de sudor.
Las rayitas rojas de mi bañador hacen juego con el color de la pala y el cubito. Y una luz de cuadro de Sorolla me deja entrecerrar los ojos, buscando la arena mas fina, para que todo quede más firme.
Verdeazul, suenas con condescendencia en un mediodía de siesta en la playa.
***
Ayer me adivinaste las ideas desde tu desierto de mar. Parecías un tuareg con la muselina color índigo ocultándome el rostro en un fondo de olas de tela negra. Con ese silencio de desierto de agua, oíste mis pensamientos. Indigo y negro. No me diste respuestas, para que las encontrara yo sola.
Negro profundo, índigo de Febrero.
Me gusta tanto ensimismarme sentada en una roca y perderme en elucubraciones contigo reflejando mi imagen ondulada ahí a mis pies.
Y con silencio de tuareg, dejaste peregrinar mis devaneos sobre tus olas, como si fueran subidas en las jorobas de un camello. Casi pude adivinar unos ojos dorados en medio de una piel renegrida por el sol escrutándome, esperando, dando tiempo de reloj de arena para que yo llegara a mis propias conclusiones.
El chasquido de una gaviota al chocar contra el agua me rescató de la sequía.
***
Mi niña.
Me bañas a mi niña con frío azul de verano.
Ella se encoge dentro de mi tripa mientras yo me lanzo en un speed de brazos y piernas rompiendo tus aguas, antes de que ella rompa las mías.
La noto contraída dentro de mí, escondiéndose de tus peces y tus olas. Hasta que se relaja y se queda sofronizada conmigo haciendo el muerto sobre espumas de mañana soleada.
Mi niña, la que será.
La misma que ahora juega en tus playas, coqueteando mientras se baña encantada.
***
Realmente, mar, eres malintencionado.
Con lo cansada que yo estaba. ¡Ay!
En vez de dormirme en la cama, como todo el mundo, me vengo a dormir a tu lado, para que no te sientas solo. Y así me lo pagas.
Mira que ir a poner hoy la lavadora, justo hoy que el sol no me permite abrir los párpados.
Estaba yo tan ricamente adormilada en tu arena, la que me dejas cuando te encoges. Y empiezan a sonar los vaivenes de espuma con detergente de sal.
Nada. Si tú te empeñas, me meto en la lavadora. Pero haz el favor de no darme esos revolcones, que hoy estoy patosa.
¡Bueno, vale!
Mensaje recibido, si te empeñas en despertarme, prepárate, porque les voy a plantar a tus olas combate.
***
Me meto en la corriente de la ira y me dejo llevar por turbulencias entre salivas, babas, aguadas. A lo lejos oigo crujir las cubiertas de los barcos y me recuerdan mi rechinar de dientes cuando no me está permitido estallar en cólera. Envidio a Neptuno y me siento ridícula bañándome con un tenedor de cocina entre esas turbulencias que amenazan con desintegrarme, cambios de dirección y círculos que me acaban devolviendo bruscamente a una orilla.
Desorientada, sobre esa arena que no es la de la playa que yo había deseado, miro de cerca a una gaviota que me recuerda las competiciones en las que tú me reflejas.
Mar de regatas, mar de galernas.
***
Siempre anduve por aquí, siempre estoy aquí, me dijiste con esa lengua de espumas con la que me susurras al oído, como un viejo amante. Y en un juego sensual, envías tu brisa para rozarme la cara y levantarme el pelo, para recordarme que no me olvidas, que estás conmigo a todas horas. Tan distante, tan lejano, tan variable, siempre tú, con tus disfraces que recuerdan a mis ojos en mutación. Se me ha hinchado el cerebro, se me han alargado los tentáculos y mi cara de calamar ha abandonado el asombro al comprender, por enésima vez, que siempre estoy dentro de tí, que siempre me rodeas, que sólo es mi propia tinta la que forma nubes que me impiden disfrutarte, esas que suelto para huir de mi propio miedo.
***
Al fin te vengo a buscar para que me cures, también yo necesito un
médico. Quiero que tu sal y tus olas sequen esta herida que me quedó
tan profunda y no cicatriza, la que me hizo adicta a la melancolía y la nostalgia, esa que me deja sólo vivir como un eco lejano del proyecto de persona que yo fui. Hoy vengo a que me empapes con tu cruda medicina, para dejarme balancear y bucear recuperando los tesoros de mi naufragio. Quiero recuperar el reflejo verde de mi propio brillo. Mañana asomaré la cara a la luz, a ese sol tímido, saliendo desde dentro de ti.
Y me volveré a enamorar.
Del azul cobalto.
***
¡Pégame si puedes! ¡Tírame olas y conchas muertas! Mis patadas y mis puños te van a empequeñecer. No me vale que seas tan bravucón, si, al fin y al cabo, te deshaces en espumas. Y antes de que tú me arrases, yo ya me habré disuelto.

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Cambio edredón por manta

 

– Te cambio mi edredón de plumas de ganso nórdico por lo manta que tú eres, Salvador.
– Mullidámonos María, que los torpes, mullidos, son menos mantas.
– Me has contagiado tu torpeza encantadora y he abandonado mi yuppydez. Creo que voy a tener que perdonarte que no sirvas para mucho, guapo. Con que estés ahí con tu felicidad inmaculada, me conformo.
– Eres más mala que la sarna, como no reprimas tus comentarios ninguneándome te vas a enterar de lo que vale un peine, monada. Hace tiempo que sé que para tí vivir sin mí sería un calvario infinito. Te voy a lavar la boca con jabón para que se te queme la lengua.
– Mejor me besas y así ya me quemas tú directamente.
– Bueno, no me despistes, a lo que íbamos. Ya está hecho. He seguido tus instrucciones al pie de la letra. He saboteado la reunión de la comunidad de vecinos, estaba inspirado y se han vuelto locos con mis preguntas contradictorias. Creo que al final han firmado todos agotados, para que yo no siguiera dándoles la paliza. Estarás contenta. Han reconocido la libertad de expresión, de posesión y de indiscreción: Podrás seguir bajando a bañarte en pelotas a la piscina en las noches de verano.
– Eres un sol.
– Sí, pero el grifo de la cocina te lo arregla el fontanero, maja.
– Mullidámonos.

[Dedicado a Blogger Blues http://blogjoeandres.blogspot.com/ ]

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Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia hasta para morirte era digna de litros de literatura, o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte, sólo pude incinerarte en vida, mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras pariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las mocas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

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Guardaespaldas de limón


Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchidiviú, así hace la gota,…

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos por mi retaguardia, a traición…

Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón…

Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.

Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.

[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]
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Atada

Atada de boca y manos, sin ligaduras, sólo con el silencio y la no posibilidad de actuar como pienso.
Me encuentro en el lugar que me has puesto.
Me has elegido como observadora, como buscadora de soluciones para tí.
Me ha prohibido el universo aproximarme a tí. Me obliga a una frialdad, que estoy muy lejos de sentir.
Opto por apegarme al papel que contigo me ha tocado jugar.
Alejo todas mis dudas. Es el único lugar en el que las dudas no tienen lugar.
Te sigo con mi pensamiento en tus devaneos recorriendo un sufrimiento que yo sé que será más prolongado de lo que te dejo entrever.
Acepto mi papel de madre y de padre para cuidarte en una distancia prudencial.
Dejo que lo supuestamente ético se adueñe de lo supuestamente correcto.
Y te dejo desvariar, sabiendo que estás enfermo de amor.
Y a mí se me ha permitido el papel de espectadora y facilitadora.
Sigo el camino recto, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a lo que me tienta para desviarme.
Me siento dura en esa posición que no he elegido.
Pero me salva saber que no traicionaré tu confianza.

Atada de ideas y dedos, estoy sentada desesperada delante de la pantalla.
Mi mente da órdenes para escribir algo que a mí me parece hermoso.
Y una y otra vez mis dedos se empeñan en teclear mediocridades, párrafos desestructurados, frases llenas de incorrecciones, expresiones incongruentes,… en definitiva, textos que me hacen sentirme muy por debajo de tí.
No sé si te he sobrestimado, y he olvidado que tan sólo mi individualidad implica un estilo único.

Atada y amordazada, mi boca y mi corazón lloran sin lágrimas porque no he sabido decirte cuánto te quiero por la intensidad de mi sentimiento.

Atada por mis súplicas, por el poder que sobre mí yo misma te he concedido.
Bloqueada por mis propios movimientos, por mis pasos en falso.
Limitada por la vehemencia de mi propia tormenta.
A disposición de tus caprichos injustos, emprendo intentos de vuelo que siempre acaban siendo vuelos fallidos.
Nado entre dos aguas, viajo entre dos tierras.
Me he colocado en situación en la que florecer será sólo posible al estilo de los cactus.
Mis propias espinas se vuelven hacia mí.

Una máscara veneciana, negra, blanca y roja, me ha prohibido emitir sonidos. Sólo me deja mantener una postura hierática o farsante. Los guantes que la acompañaban cuando se la compré a ese viejo del puestecillo han sellado mis manos en una expresión determinada por un guión teatral.
Es curioso.
Yo me miro y no me reconozco.
Sin embargo veo, con asombro, la cara de quienes me contemplan extasiados con toda la belleza, todo el drama, toda la sorpresa que soy capaz de crear con este disfraz.
La máscara tiene fecha de caducidad. Pero yo la desconozco. Y, mientras tanto, yo soy esclava de ella y de sus guantes comparsa.
En esta cárcel de oro, que yo no veo, pero que empiezo a reconocer por sus efectos, vivo en la duda perenne.
Si lo que siempre me construyó se caracterizaba por una capacidad de adaptación sin límites, ¿por qué ahora el límite es mi existencia?
Si el aire era mi esencia, ¿porqué ahora me cuesta tanto trabajo respirar?

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No mangar e-book

Querido Inda:

No, si yo ya lo sabía desde el principio, tú sólo me quieres por mis aparatos electrónicos y lo demás son aderezos de Don Juan de internet.
Me mosqueé bastante cuando te apoderaste de mi centro de planchado, eso de pasarte el día planchándote las camisas no iba con tu estilo primigenio, siempre me pareciste más bien del club de la greña y la legaña natural.
Me puse también muy triste cuando tus arrumacos de hombre miel se transformaron en largos silencios, tú contemplando fascinado la pantalla de mi Mac Pro con procesadores de xeon westwemere, y yo contemplándote a tí desde atrás mirando melancólica la curva de tu deltoides y recordando cuando aún bebíamos agua.
Pero lo que clama al cielo es que me hayas robado impunemente mi lector de ebooks. ¿Para qué narices lo quieres? He visto que te lo has pegado a esa barriguita tan adorable que tienes con esparadrapo, a modo de tableta de abdominales ¿no?, a lo mejor te piensas que va a producirse un trasvase cultural por osmosis barriga-ebook.
Esto raya ya la más absoluta desidia y desfachatez.
Te abandono. Ahí te quedas con mi lavadora ultrasónica de frigoríficos y mi máquina de coser.
Yo me largo con el del butano,como tiene que ser, hay que conservar las tradiciones.
Si por casualidad te das cuenta de que ya no estoy en la casa, no me mandes un email, mejor mándame un bote con tus babas, es posible que sea la única manera de redimirte.

Te quiere
Perlita Juliana

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El ictiopondrio maldito

Nononononon, que estoy hartita de ir a la compra y que me den gato por liebre, como si yo fuera tonta, que ya sé que lo de mi alopecia hace pensar que tengo el cerebelo donde tendría que estar el cerebro, ¡pero no!, ¡no señor!, que a mí me dieron un premio en el colegio por inventar un sistema para que no chirríe la tiza en la pizarra, que estoy hasta las napias de que me gitaneen, que si yo he pedido anguila para cocinarla en su propia tinta, no sé por qué tienen que colarme ictiopondrios en la bolsa, que luego van y te lo ponen todo perdido. Pero es que el ictipopondrio que me dieron el otro día en el mercado de la Buena Vista era el colmo. Me dejó todo el sofá lleno de huellas de sus patitas y se comió la maceta de violetas africanas en 5 décimas de segundos, luego se tiró a la cisterna del WC y se puso a nadar con todo desparpajo, a sus anchas. Y mis amigos que iban a llegar en tres cuartos de hora y yo sin hacer la comida. Cacé o pesqué al bichejo, que la verdad es que ya no sé lo que hice, porque me obligó a correr por toda la casa, el portal, la portería, el patio de vecinos y el almacén de bicis, que ya iba boqueando él, buscando agua aunque fuera de estanque, y ya iba boqueando yo, porque me pesan los kilos, bueno y los años, porque no bebo agua mineral, pero al final cayó en mis redes, o mejor dicho en la espumadera y lo tiré a la sartén que ya estaba con el aceite humeando. Me dio un poco de pena el pobre animalejo, pero es que la comida de primeros viernes de mes con mis amigos es sagrada. Antes íbamos a hacer novenas.

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Curioso Bidet

Curioso invento el bidet. Ya lo dijeron muchos antes que yo. Pero lo más curioso son ciertos seres que los habitan, además de pelos y hongos en algunos casos. La jornada laboral me dejó tan exhausta que ni ganas de ducharme me quedaban. Ahí en el bidet, comencé a lavarme unos bajos fondos algo trastabillados, con ese placer distraído que producen el agua caliente y el olor de la espuma de un gel elegido con capricho. Y cuando más abstraída estaba, quedó en mis dedos algo que me hizo levantarme despavorida, con un grito. ¿Qué era eso? ¿De dónde había salido? Si parecía un alevín de pez. ¿Pero cómo había llegado ahí? Ahí, ¿eh?, ahí. Puse un filtro en el desagüe para que no se colara y aclarar si lo había soñado. Y no, no era un sueño. Era una diminuta cría de pez, con el tubo neural en transparencia y algunas huevas blanquecinas y gelatinosas adosadas. Con gran temor, lo estudié desde varios ángulos. No había duda. Era un embrión de pez, pero además parecía tener formas de tiburón. Un tiburón en ciernes. Tan blando, tan frágil y ya con la forma amenazante de un hocico devastador. ¿Qué pintaba un tiburón en mis bajos? Era imposible que fuera un aborto escapado de mi propio cuerpo. Hasta donde mi memoria me alcanzaba, yo no recordaba haber tenido ningún affaire con ningún tiburón. Uno de los del mar, se comprende, que los de la calle siempre mienten. Me quedé perturbada, confundida, anonadada y más o menos turbada. Sólo podía haber llegado a través del agua. Así que, con mucho amor, por si acaso era cría mía, al agua lo devolví. Al desagüe del wc en este caso, junto con las pegajosas huevas que lo rodeaban. Le dediqué una poesía, pero se fue nadando y ni se inmutó. Hoy lloro amargamente por haber perdido la oportunidad de mi vida de salir en televisión.
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Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]
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La cuidadora de cactus

Tres de picos pardos

La cuidadora de cactus, que era una cactus ella misma al fin y al cabo, llevaba una vida muy triste.
Con su hirsutismo le resultaba difícil besar sin pinchar y eso limitaba bastante su existencia. No es que no se pueda vivir sin besar, claro, todo el mundo lo sabe, pero se hace más insoportable y ella estaba decidida a cambiar su destino, su sino y a pensar en “a ver si atino”.
Así que se tomó muchas hormonas amigas de la suavidad, la melosidad y la lampiñez.
Se pasó varios años yendo a hacerse láser, bueno el láser se lo aplicaba un médico encantador que era como su psicoanalista, mientras él asesinaba los pelos de ella sin piedad, la cuidadora de cactus le contaba su vida, y él daba un toque de humor a sus comentarios pensando en la longitud de onda y la frecuencia del láser que tenía que utilizar a modo de arma del crimen piloso. Ella sonreía con todos los dientes en una posición bastante ridícula, pero sintiéndose consolada, mientras iba siendo desparasitada de su lacra.
Cuando la cuidadora, después de quedarse sin cash, por fin se quedó sin pelos, bueno sin los que son políticamente incorrectos, decidió seducir a alguien.
Esa tarea ya fue más complicada, porque no tenía muy claro qué era lo que quería, sólo sabía que no sabía nada y le invadía una peligrosa noción de lo que no quería, tan limitante como su hirsutismo.
Así que se fabricó unas bragas de fantasía.
La mayoría de las mujeres interesantes llevan bragas con encaje o blonda, pero ella decidió ir más allá: cogió unas bragas del siglo XVII de antes de hincharse como una foca en la era de las patatas fritas y los colacaos, es decir, unas bragas de cuando era persona, cosió un espumillón en la cintura y un par de bolitas de Navidad en las caderas.
Estaba monissssma monissssma de la muerte.
Además había estado yendo a clases de la danza del vientre durante un par de años, claro, de todos es conocido que más que danza del vientre en la mayoría de los casos todo queda en danza de barriga o en un hulahop de mercadillo, pero ella estaba muy concienciada con la ilusión de que el mundo iba girando a sus pies mientras ella andaba dándole unas cuantas vueltas de tuerca a su cabeza, con riesgo de asfixia inminente.
Venciendo una timidez que estaba a punto de caramelo para romperse, salió de marcha con un par de amigas tan impresentables como ella:  la una cuidadora de maíz devorador de muesli macrobiótico y la otra cuidadora de vecinas.

La policía las está buscando a las tres.
No nos han querido hacer comentarios acerca de cuál fue el delito y cuáles fueron los hechos desencadenantes y concatenantes, ya que es un asunto bajo secreto de sumario, sólo se sabe que fue hallado el cuerpo del delito y que sólo era capaz de comunicarse con símbolos de runas célticas y que estaba empanado en una especie de alucine jamás visto antes en ningún medio de comunicación.

Los cactus de la cuidadora tienen sed y están quedándose sin pinchos, están a merced de cualquier depredador desalmado.
Amigos, os incito a que vengáis a rescatarlos.

http://ligadeamigosdeloscactusabandonados.org/

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7 cerebros compartidos 7

Es bonito empezar en Septiembre, todavía no se han caído las hojas y el mar aún no se ha enfadado demasiado.
Después de tantos años me sigo poniendo nervioso esperando el momentazo. Cuando comienza el curso y yo tengo que saber con quiénes cuento para ver si aprendo algo. Bueno la verdad es que soy yo el que tiene que enseñarles algo a ellos, pero como aún no tienen mi nivel de conocimientos, que no es mucho, siempre aprenden algo. Lo más interesante es lo que ellos me transmiten a mí. Y el primer día todos tienen los ojos redondos.
Los chavales son especialistas en poner los ojos redondos, signo de su disposición a percatarse de todo, a fijarse, aunque luego les importe tres pimientos y medio lo que intentes decirles. Y así es, otro año más, entro en el aula, mientras ellos aún no tienen confianza suficiente para tirarse papeles ni romperse las gafas ni otras amorosas crueldades. Aún se sienten aislados, si no conocen a los otros y piensan que son tontos pero que los demás no tienen por qué darse cuenta.
Mi mirada triunfal, esa que invade el primer día, abarca todas las cabecitas. La de final de curso ya será una mirada algo más humilde o, para ser sinceros, de estar hasta las narices. Pero estrenar curso es como cuando yo estrenaba lápiz y goma de pequeño.
Me miran, sé que tengo que decir algo, muchas cosas, pero me gusta hacer notar que estamos delante de una pizarra en blanco, bueno verde-gris, y que nuestra relación va a ser laaaarga e intensa.
A veces me doy cuenta de entrada: son unos zoquetes este año y no lo pueden disimular. Y les digo que no está mal que entre los 7 podemos lograr un cerebro, cosa que ya es mucho, con uno solo entre todos, me doy con un canto en los dientes.
Pero el primer día no suelo llegar a tanta sagacidad.
Y empieza el momentazo, ese en el que yo voy soltando metralla y ellos me miran con gesto de potenciales premios nobel, y yo me engaño, me gusta engañarme a conciencia, pensando que me están captando, que están entendiendo todo y que son la esperanza de la humanidad. Aún no he descubierto al tonto del todo, ni al cruel hiperbólico. La crueldad es un bien innato en todos ellos, con un nivel de manifestación más o menos censurado. Pero siempre existen, en todo curso que se precie, el cruel de solemnidad y el tonto de solemnidad, que forman parte del paisaje de un aula como los naranjos en Valencia. Pero yo aún no lo sé, no los distingo. Bueno, también existe el alumno esquizo, especialista en desestructurar todo empezando por él mismo y dando porculito lo que no está escrito, el generador espontaneo de sangre, sudor y lágrimas.
Y yo, feliz, empiezo el aprendizaje. El mío. No, no se trata de que yo les enseñe algo a ellos, eso es demasiado fácil ya para mí. A poco que hagan caso, darán un salto con las cuatro chorradas que yo aporte. Se trata de mi aprendizaje, de lo que yo puedo aprender de ellos, de lo que ellos me enseñan a mí, sin nómina fija ni complementaria, ni tan siquiera extra de Navidad. Son los verdaderos maestros. Sus peculiaridades me doman como a un tigre sin rayas. Es tan asombroso que un chaval pase de los rollos patateros que le cuento y llegue a sus propias conclusiones sin tantas vueltas como me costó a mí, que me lo paso bomba dando clase. Es posible que siempre me haya producido envidia la chulería infantil, o la capacidad de poner la mente en blanco sin enterarse de nada, porque ya están en un umbral superior. A lo mejor es que yo soy simple, o demasiado llano, aunque mis colegas me consideren un genio. No sé. Sólo sé que estrenar curso y saber todo lo que voy a sacar de allí me produce calor, temblores, respiración acelerada y algo de mareo.
Lo mismo es que al estar con ellos me da la gripe.
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El suicidador en serie

[“De Sogas y Semisuicidios” (cont.)]

Benedicto vaga entre nubarrones pesimistas en su cabeza y bloques de hormigón en sus pies. Hace tiempo fue peluquero y creaba obras de arte con lacas chinas y siliconas de valles estadounidenses en las cabezas de sus escasas clientas de ralos pelos.

Una alopecia sarcástica fue apoderándose de él, de toda su persona, dejándole con los cuatro pelos de la vergüenza al desnudo, en medio de este mundo cruel y descarnado. Junto con los pelos, fue perdiendo fuerza creativa sansoniana, y las escasas señoras visitadoras de peluquerías de mediopelo fueron convirtiéndose en casi ninguna.

Acudió a varios médicos más calvos que él para intentar aplacar su depresión y su desgana para buscar musas.

Hizo un viaje al Más Allá, o sea a Francia, para buscar inspiración espiritual, pero se torció el tobillo el primer día que llegó a París y se le fue a tomar vientos la planificación turística.

Volvió dispuesto a desaparecer de su calvo mundo.

Pero aún le quedaba un brote de malicia y un germen de maldad. Optó por suicidar a otros antes que a sí mismo.

Adecentó su hogar para sus fines, sacó el mantelito de Lagartera que le regaló su tía Paca cuando se independizó y por fin logró salir de casa de su madre, por si se casaba. Rescató la vajilla de porcelana de las monjitas de Santa Clara, la cubertería buena, los vasos de Nocilla de Bohemia,…

Y se dedicó a organizar comilonas de langostinos con mucha mayonesa.

Sus sucesivos comensales fueron falleciendo de profusas cagaleras peores que las del mal de Moztezuma, suicidados en contra de su voluntad, pero con todo el cariño del mundo, por su anfitrión Benedicto.

Él intentó pasar a mejor vida con una pata de cordero dejada a madurar al aire de un verano algo tórrido.

Pero se tuvo que conformar con la desagradable noticia hospitalaria de que era inmune a varias toxinas por poseer una encima benefactora y probiótica comedora de sus otros bichos.

Así que invitó al médico probiótico, que con aire de triunfo le había comunicado la nefasta noticia, a una mariscada en su hogar calvoriento.

[Foto http://www.elreygambon.com/Mariscada-El-Rey-Gambon%5D

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Maraña de moños de guardia

Si me levanto con los moños enmarañados, ten cuidado conmigo, puedes guardar silencio para siempre o hablarme a través de tu abogado.
¿Es que no te ha explicado nadie que las 6 de la mañana no es una hora muy apta para relaciones sociales?
Anda , dale a tu twitter o a tu whatsapp y déjame desemarañarme.
Ten paciencia.
Cuando veas que se me aplacan las iras y se me aplanan las cejas, puedes comenzar a reírte de mí. Pero no antes. Aún estoy digiriendo el desastre de emocionalidad desatada en la última guardia. Todavía me como las lágrimas y estoy entrenándome para reconstruir mis escudos. ¿O crees que voy a salir a la calle tierna como una ostra sin perla ni concha?
Acompáñame, quédate, no te vayas. Ni soy de hierro ni soy de hormigón, pero tengo que poner manos a la obra.
No puedo desmoñarme en banalidades si antes no he dejado atrás el censo de muertes, agresiones y enfermedades que me arrasaron ayer. Me dejaron, triste y transparente.
Mírame si quieres, mientras amanso mi pelo y lo disciplino hasta formar un moño italiano de médica antigua. Dame las horquillas. Dame un respiro. Dame un beso.

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Currycanela

Es que me hace mucha gracia cuando te veo con la barba de 3 días y ese delantal de faralaes, con volantes a lunares rojos y blancos, haciendo potingues en la cocina. Me apoyo en el quicio de la puerta, medio escondida detrás del mueble de la nevera, y te veo faenar como un marinero en medio de purés y caldos. Pero más encanto te encuentro cuando te da por el currycanela. Tú vas envolviendo el pollo en aromas hindúes y yo voy mordisqueando tus carnecillas de pollo tierno.
Nos falta un hervor.
Hueles rico, no sé si comerme el plato que estás preparando, porque me gustas más tú y luego no me quedaría sitio.
Se te ha caído una cuchara pringosa al suelo y al agacharte a recogerla se te ve el culete regordoncho como tus mofletes y me da más risa aún.
No cantes, por favor, lo de cantar cocinando se te da peor que cuando haces coros con la radio mientras te duchas. Es perjudicial para la salud de los que te adoramos.
Vuelvo a mordisquearte la espalda entre las paletillas y me amenazas con dejarme a agua y lechuga.
Nos sigue faltando un hervor.
Así que, con el olor a curry y canela elevándome entre humos y vapores, me subo al trampolín y me tiro a la olla.

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Vino endemoniado

Bueno, nada, lo de siempre.
Me bebí el vino y tuve que negociar con mi demonio, cada uno tiene el suyo, uno o varios, yo sólo tengo uno.
El de la rutina de ciruelas que ya conté hace varios años. El demonio gris ciruela que no me deja cambiarme de acera para verlo todo con otra mirada y conocer nuevos mundos.
Demonius iterativus, repetitivus, machaquivus.
Me bebí el vino ese tan negro en el que es difícil distinguir si se ha colado alguna cucaracha despistada de la bodega. Y otra vez apareció la mermelada de pensamientos que estriñen mis ideas.
Entre medias pensaba en tí, pero no me atreví ni a suponer que pudiera acercarme alguna vez sin sentirme como una muela cariada.
Como siempre.
Te he visto derrumbarte y la rutina de ciruelas no me ha dejado ni siquiera tenderte una mano, tengo miedo de que me puedas morder.
Se me forman hologramas de tu cara rodeando mi cara ebria y a ratos parece que me voy a convertir en mantequilla que se pega a la mermelada. Pero me frena otra vez ese demonio que sale de este vino dramático. Me produce una borrachera en la que me quedo sorda y ciega, pero no muda.
Así que le he dicho que deje de visitarme como si fuera un capricho de Goya. Me he escondido en el armario del cuarto de baño entre aromas de perfumes y elixires bucales, para ahuyentarle como a un mal aliento.
Pero me ha arrastrado otra vez hasta la idea de tí.

Foto: Galina Barskaya

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>Médico de blanda mollera

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Lo malo de trabajar aquí es que cuando he salido a mediodía el coche estaba a 43ºC y, como estaba cantao, se me ha reblandecido la mollera. No es que tuviera una mollera brillante, no, soy un médico de inteligencia dudosa, pero con las gafas que me compré hace 6 meses parezco premio nobel. Sé que soy feo de cojones,… mejor dicho, los cojones los tengo de una estética medianera, pero soy feo de jeta ya desde que nací, lo cual no ayuda a que se me abran las oportunidades en el casting de la vida.
Y el caso es que no sé qué me ha reblandecido más la mollera, si el calor (o la caló) o el psicótico que hoy me ha caído en gracia, como cada vez que comienzo a trabajar en un centro de salud. Y que digo yo que será por la ley de compensaciones: como cuando estaba en la residencia universitaria las novatadas que me hicieron fueron ligth, pues ahora me caen psicóticos cada vez que estreno trabajo.
Venía él con su metro noventa y sus bíceps del tamaño de mi cabeza con la sana intención de matar a alguien.
Tras largos y densos minutos de negociaciones con voz sofronizante para que aceptara dejarnos ponerle tratamiento, parecía que iba a acceder, pero alguna de las voces de su cabeza le debió de sugerir que agarrara por el cuello a la enfermera y de paso comenzara a golpearse la mollera (posiblemente más dura que la mía) contra la pared recién pintada, no sé si por solidaridad conmigo. Y digo yo que eso no se hace, porque nos ha costado varios años de pedirle a nuestros jefes que nos cubrieran el presupuesto de pintar paredes roñosas con hongos y grietas.
La enfermera no llegó a ponerse mu moraíta, pero en vista de que la pobre no dijo ni pío, la soltó como a un pollo lacio desplumado en la carnicería y se vino a por mí.
No, si yo ya sabía que estas gafas inteligentes me iban a dar problemas.
En vista de lo cual no tuve más remedio que arracancarme los botones, desgarrarme la camisa y enseñarle a mi amigo mi pecho tatuado.

En el hospital han tenido que llevarle a la UCI por shock emocional por susto. Ya, ya sé que el diagnóstico no es muy clínico, pero es que en estos momentos no encuentro el código del diagnóstico en el ordenador. Al fin y al cabo ya os he confesado que, aparte de feo de cojones, soy torpe congénito.
Os dejo una foto de cómo ha quedado de reblandecida mi mollera, en vez de los 40 principales voy a tener que poner en el coche el CD de la música de París-Texas.

Fibras del tálamo: http://refugioantiaereo.com/2009/11/100-anos-de-imagenes-del-cerebro

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Novio de Tarifa Plana

Mi tía, que se había hecho muy devota y amiga de San Antonio, me regaló un novio por mi cumpleaños. Era un novio por tarifa plana, porque mi tía tenía una pensión más bien cortita.
Llegaba los lunes por la mañana, echaba 4 horitas en mi compañía los días laborables y el viernes se marchaba con otras tarifadoras, dejándome aplanada y no compuesta los fines los fines de semana.
Mi tía y mi novio habían llegado a este acuerdo tras muchas y prolongadas negociaciones. Habían proporcionado suelo a mi alma y desconsuelo a mi cuerpo.
A veces, por sobrecarga en horas punta, Quisto, que así se llamaba el mozo, llegaba un poco tarde, y cuando digo “llegaba un poco tarde” era a todo y para todo. Esos días, yo los dedicaba a reconciliarme con mis macetas para serenar mis ánimos, quitaba pulgones y araña roja de la dama de noche y recortaba los tallos taladrados por oruguitas de los geranios.
No es que yo sea desagradecida, pero es que lo de que “a caballo regalado no le mires el diente” es un truco lingüístico de quien te regala algo para que te calles y te tragues lo que te haya traído sin rechistar. Mi tía podría haberse estirado un poquito más y mi Quisto también podría haberse regalado un poquito menos a otras aspirantas, lagartonas ellas.
Mi vida llegó a ser un mar de tendones desquiciados, dientes rechinados, vellos erizados y laringitis con afonías sofocantes.
Me fui a la oficina de novios por tarifa plana a protestar y allí conocí a Nicanor.
Es un loro amable que sofroniza mis meninges con los ruiditos de su pico, el rascar de sus patitas en los barrotes de la jaula y el magnífico colorido de sus plumas. Compartimos pipas que pela él o pelo yo, y nos reímos a carcajadas al unísono con una felicidad locuela de barrio bajo.
Estoy aprendiendo a hacer la manicura francesa y otros decorados ungulares en las garras de mi lorito. Él me frota la cara con su cabecita y me repite la primera frase que aprendió de mí con voz algo gangosa.
Así que, en vez de irme a llorar al convento, ahora estoy en el paraíso.

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>Maracas y sonajeros

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No me toques la espalda con tus pectorales, que van a mugir las vacas. No me toques el lóbulo de la oreja con la punta de tu nariz, que van a balar los corderitos. No me toques el pelo con tu barba, que me van a llevar al manicomio. Yo te toco el sonajero y tú me tocas las maracas. Los dos tocamos aires saharianos, pero no te me derritas todavía, por favor, sigue hasta que mis ojos se vuelvan a hacer de hielo.
No me mires con cara de seno ni coseno, que se me resbala la tangente. No te escondas en esa esquina de sombra de pino si no piensas raptarme para meterme debajo de él. Yo te llevo al huerto a recoger tomates y tú me llevas a la pocilga a jugar con los cerditos.
Déjame que te arrastre los dientes por tu lengua para ver si vuelve a salir esa música de suspiros cursis. Vamos a oscilar como péndulos en un campo sin gravedad. Pero déjame que respire tres veces antes de que cante el gallo.
Toma, te regalo mi mano. Mañana me la devuelves.

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Dongo danga

Dongo danga

tongo tanga
dimbrel mimbrel
panga danga.
Binga dunga
trembel camblar
himbel gingler
manga danga.

Y después comenzó una tormenta con muchos rayos y truenos, vacas volando y vampiros tomando café.

Canción pa nenes muy monos.

Foto: http://www.danga.es/

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Engranajes

Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.

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El coleccionista de trabucos

– Toni, eres hermosísimo, pero mira para otro lado, que me das calambre.
– Sabes que no puedo, se me quedaron los ojos como chinchetas en tu espalda y si miro a otro lado no veo.
– Ladrón.
– Mentirosa.
– Anda, vete otra vez a robar trabucos por ahí, pero antes regálame el tuyo. Se me ha antojado jugar con la llave de miguelete.
– Creo que vas a tener que ganártelo, preciosa. Últimamente no me dejas llevar a cabo mis obras de arte.
– ¡Venga ya!, jjajajjajajjaaa, obras de arte, ¡serás julandrón! Si me tienes de overbooking controlando tantos trabucos.
– Yo los cazo y tú los pones a buen recaudo, para que estén como en su casa.
– Bueno, pues cuéntame un cuento mientras recargas la munición. A ver si me duermo antes de que descubra que la ojera es bella.
– La ojera es bella y tú eres su musa, Belén. ¿Te cuento el cuento de la espingarda?, ¿seguro que te duermes?.
– Eres incorregible.
– Y tú eres mi dueña.

Foto: Trabucos españoles con llave de migueletehttp://www.corsariosdelplata.com.ar/trabuco.htm

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Dafrosia y Bladulfo



Dafrosia reparte butano. Literalmente. No es que parta el bacalao, metafóricamente hablando, o algo parecido, no. Es repartidora de butano. Va pitando con su camión por esas calles intrincadas e inextricables y subiendo bombonas a alturas insospechadas, con estoicismo helenístico o con un par, cada uno que elija la expresión que más se adapte a sus modos y pensamiento. Ha tenido que soportar muchos chistes en su vida laboral y no está para pamplinas.
Menos mal que hace tiempo encontró a Bladulfo, su alma gemela, su oasis, su fan infinito, su vecino.
Porque Bladulfo es de profesión vecino. Presta la sal, los huevos o la leche con un amor sin par hacia la humanidad en general y hacia Dafrosia en especial. Tiene ojos color cadmio que evocan las florecillas de los prados de cuando había prados con florecillas y sonríe con la dulzura de un ángel de cuadro flamenco.
A veces organizan encuentros hogariles entre ellos para colaborar mutuamente en la superación de sus infortunios, con mucho puré de patata, café con posos para adivinar el futuro y paella entre medias. No son pareja de hecho, pero podrían serlo de derecho o de tortuosidades.
Ella le desatora las tuberías de cal con una máquina de presión que heredó de su padre y hace un ruido infernal, mientras piensa en retozar con su Bladulfo. Él sueña con lamerle las orejitas, mientras cocina macarrones con ajo, pimentón de la Vera y anchoas de Cantabria. Y el viento sopla entre los olmos del parque que rodea su urbanización. Bueno, no hay olmos, pero podría haberlos, el mundo está lleno de posibilidades, ¿no?. También el loro de la del 4º podría ser un ruiseñor y cantar para no contar a grito pelao los cotilleos de esa casa, pero el mundo es imperfecto para mantener el potencial de adaptación. Tampoco viven en una urbanización, pero un bloque adosado a otros tresmil bloques siempre es urbanizable, es bonito vivir con  la esperanza de que arreglarán luz y alcantarillado un siglo de éstos.
Bladulfo y Dafrosia, Dafrosia y Bladulfo, tanto monta, monta tanto, pasean a veces por la playa contando cáscaras de coquinas y estrellitas de mar minúsculas. Juegan con las paletas dando la lata a los niños que hacen castillitos de arquitecto principiante en la arena marrón y a los novios que han decidido hacer espectáculo público de su magreo incondicional. Se ríen como locos por lo bajini cada vez que la pelotita le da en el ojo o en los cataplines a algún habitante de la playa.
Cuando están juntos en uno de esos momentos mismículos, sólo discuten si el agua caliente se venga con un frío siberiano en medio de la ducha. Los dos se niegan a cambiar la bombona y cada uno vuelve ofuscado a su piso, a sus retos cotidianos, como quitar las pelusas de la alfombra de la entrada o subir las maletas del año pasado  al maletero, en vista de que se acabaron los viajes.
El mundo es imperfecto y a veces solitario, para que los mochuelos vuelvan a su olivo y uno pueda descansar en paz de las manías del otro, pero los dos se mantienen vivos con la esperanza de que algún día se acabará el aceite o se quedarán sin bombillas.
También las personajas y los personajos humanos son urbanizables.

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Zulo de flechas

Mira guapa no me mires con esa cara que delata el zulo de flechas que llevas dentro. Anda, haz el favor de no secuestrarme los sentidos, que como me los sigas mortificando te voy a tener que cantar una de Rocío Jurado.
Sé generosa y lánzame la flecha de la vista, pero no la que me ciega, sino la que engancha el ojo con el tacto, o mejor échame varias microflechas, dame una tapa de pinchitos de tacto, para que te los pueda ir clavando o me los claves tú a mí, que no sé lo que hago o digo, que esto de sentir por los sentidos lleva a muchas confusiones y luego se me dispara a mí la flecha de la lengua y la liamos. Bueno no, que la flecha de la lengua es tuya, esa que me entra por la orejilla, me produce picor y escalofríos y luego ardores en las antípodas, mientras tú te descojonas contemplando los efectos.
No sé si me entiendes, en realidad, mis metáforas siempre han sido algo oscuras, pero es que yo soy del bosque, ya te lo dije desde el principio, y tú de los limones del Caribe.
Venga, apunta y dispara, que cada día te pareces más a Guillermo Tell, y yo aquí todo emocionadito con el corazón en una manzana.
Déjame escapar a cambio de un rescate: Siempre mantendré silencio acerca del sabor de tu boca.
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Looping Real

He estado toda la mañana volando, haciendo loopings, ascensos descensos, monadas a babor y monadas a estribor. Me crucé ayer con todas las nubes que estaban ociosas y también con las enfadadas que se disponían a soltar tormentas. Hoy a ratos he estado encarando al sol con el pico más ganchudo que nunca y dejando que revelara mis ojos como linternas.

He seguido errático en un aire que empieza a estar cansado de regalarme oxígeno por la cara.

No vi nada. O, mejor dicho, no he visto lo que tenía que ver.

Hace tiempo que dejé de ser colibrí, para convertirme en un híbrido, no sé muy bien si soy un águila, un buitre o un vulgar tordo. Que alguien resucite a los darwines que por el mundo han pululado asignando un lugar para cada especie y una razón de ser para existir para cada uno.

Sigo sin ver nada. O, mejor dicho, no veo lo que tengo que ver.

Vuelvo a elevarme en un vuelo que espero sea el último, me tiene agotado este aleteo porque sí. Me tiro en picado, como estoy ciego supongo que me dará igual si choco contra una piedra o una margarita.

He caído sobre un campo de espigas. ¿Y ahora qué hago, si he descubierto que soy carnívoro?

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¡Una de MIMMA!

Me ponga una de MIMMA, por favor, pidió Leonarda como el que pide una caña al camarero.
Y sus deseos fueron concedidos.
Apareció un Genio de la lámpara o de la vela (se desconocen sus auténticos orígenes), como en todos los cuentos, y se la llevó al MIMMA. ¡Hombre!, a lo mejor el Genio hubiera preferido llevársela al huerto, pero este año las lechugas están escasas, por no decir que el Genio llevaba a sus espaldas toda una excursión de patitas siguiendo a papá pato, así que las posibilidades eran limitadas.
Tras muchos besos, sonrisas y presentaciones, se dirigieron en manada, digo en patada, al vientre del parking, para quedarse primero contemplando un escueto altar mexicano a los muertos, que los muertos perdonen al artista, algo decepcionados y sospechando que lo del MIMMA lo mismo consistía en una pandereta, una guitarra y una cabra y yastá,decidieron seguir el programa preestablecido, que para eso se preestablecen.
Pero no, la manada se dirigió en patada hacia los intestinos musicales descubriendo un sinnúmero de objetos, ovejetos, masjetos y entresijetos musicales.
No es que los visitantes fueran expertos en música, como mucho habían oído alguna vez lo de micarromelorrobaron y conocían la existencia del arpa tras haber sido visitados por sus correspondientes ángeles. Pero a medida que se iban adentrando en las musicalidades del MIMMA, sus bocas iban adquiriendo un tamaño cada vez más desproporcionado por el asombro ante la infinidad de tan variados y bien conservados instrumentos musicales de miles de lugares y épocas.
En un momento dado, mientras todos estaban distraídos tocando sonajas, pianos, xilófonos de madera, y otras gaitas, Leonarda vio una pluma en el suelo. ¡Coño, si parece una pluma de avestruz!, se dijo para si misma, porque si lo hubiera dicho en voz alta no habría dicho el taco, que sus padres se habían gastado mucho dinero en educarla como una niña bien y no era cuestión de decepcionarlos.
Pero su descubrimiento trascendió a toda la patada, todas las patitas y papá pato empezaron a correr, reírse y gritar desaforados, como en un jolgorio de feria o en una vulgar despedida de solteros y solteras mal avenidos, cuando vieron corriendo con sus alas y sus pestañas al viento al susodicho avestruz, dando zancadas entre clarinetes, fagots, clavicordios y sirtakis.
Por megafonía se oyó algo así como “Se ruegan mantengan silencio, por favor, aquí los protagonistas son los instrumentos musicales”, pero el avestruz no se dio por aludido.

Menos mal que apareció El Muchacho y puso calma.

El Muchacho, un clásico donde los haya, con su sonrisa de muchos dientes y sus ojos azules de yo he sido fantástico y te voy a conquistar a tu pesar, le fue contando sus batallitas al avestruz hasta dejarlo agotado, exhausto y agonizante.
Se sabe que el avestruz se refugió en un convento de frailes benedictinos y le da al Benedictine con frecuencia, valga la redundancia, mientras toca dulcemente un tamtam con su pata derecha y recuerda con melancolía sus andanzas por el MIMMA, antes de la era Leonarda.

Véase la pluma del ave:

http://www.musicaenaccion.com/mim/Inicio.html

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Voz de domingo

Hago la foto del bodegón de las otras gafas en la mesa de terraza de este lugar que tanto me gusta. Veo que he optado por fotos de bodegones de gafas en cafeterías.

Llevo un buen rato leyendo arropada por una temperatura suave y amable, temperatura permisiva de otoño tímido. Esta terraza es un placer, la música tan bien elegida da juego a las gaviotas, que se quedan lejos sobre las cúpulas de merengue y los mástiles de los barcos. Las palomas son más osadas y nos abanican ondulándose sobre nuestras cabezas, hacen una corona picassiana alrededor de mis rizos. Yo sigo leyendo, haciendo como que las ignoro para que se acerquen y me hagan sonreír, me quedo quieta para percibir todo lo que me rodea, sólo cambio de postura cuando se me duerme alguna mano o me adormilo yo.

El chorrito de la fuente, sonido de fuente árabe, discreto, contínuo, hipnotizador como la visión del fuego en una chimenea. Y el sonido de las voces de muchos mundos, de muchas lenguas, de muchos modos de ser y de pensar. Voces de domingo.

La asusencia de sonido de los camareros,que pasan revoloteando vestidos de negro, veloces y atentos a todo con los ojos a media asta, suena algún plato o algún vaso, pero ellos no suenan en su eficacia.

Varias personas se sientan a mi espalda, yo sigo leyendo y escribiendo a ratos.

Y oigo tu voz al lado derecho de mi cabeza que centra toda mi atención.

No sé quién eres ni cómo eres, sólo sé que eres padre, marido y abuelo, porque distingo cuatro voces, dos hombres, uno de ellos eres tú, y dos mujeres, una de ellas tu hija, madre y esposa del otro que apenas habla, por lo que decís lleva en brazos un bebé, toda la historia surge del sonido de vuestras voces, dos protagonistas, tu hija y tú, y dos personajes secundarios que apenas intervienen y se supone que son tu mujer, la madre de tu hija, la abuela de tu nieto, y el yerno, el marido de tu hija, el padre de tu nieto.

El tema principal de esta escena de teatro terracil es el bebé que lloriquea educadamente, aunque el absoluto protagonista es tu voz, que dialoga con la voz culta, fuerte-delicada y pija de tu hija. La tuya lo domina todo, impide que yo lea, aunque siga de espaldas y aparente indiferencia. Percibo que tus mensajes llevan la intención de que yo te escuche, hace años que me he acostumbrado a distinguir las inflexiones de las voces, y tu voz desea impresionarme, es grave, potente y amable.

No me ves pero me han entrado unas ganas brutales de irme contigo a cualquier parte de cualquier sitio de nosedónde a nosequé. Como sigas hablando te voy a arrastrar hasta allá para apagarte esa voz que me conmueve.

Palpitaciones.

Salvada por la campana, se ha hecho tarde y habláis de que hay que irse a comer, siento el leve tono de decepción de tu voz porque no vas a poder seguir deleitándome con ella, haciendo que penetre en mi oído.

Vuestros sonidos mezclados con los del bebé se van apagando suavemente.

Y yo vuelvo a sonreír a las palomas.

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Espirales de calor

Me está asaltando el calor por todas partes desatando mi vocación de albina. Voy cerrando puertas y ventanas. Antes de cerrar la última persiana he visto caer un gorrioncillo en el techo de un coche y se ha frito literalmente. Y el sonido chillón de las chicharras logra atravesar todos los muros. Parece que me han puesto algodones en las fosas nasales y el abanico mueve globos transparentes que no logran bajar mis palpitaciones. Me doy cuenta de que estoy irritada, el calor genera agresividad sorda y me doy cuenta de que la lengua se me ha quedado seca como un césped de mala calidad.
Están arreglando las arquetas de la comunidad, del grifo no sale una gota de agua y no tengo la costumbre de comprar agua embotellada.
Me tiro en el sofá acogiéndome al derecho a la ley del mínimo esfuerzo y levanto las piernas a ver si me llega algo de sangre al cerebro y no me desmayo.
En esa postura me doy cuenta de que se han dejado encendida la tele en un canal que nadie ve, tan sólo yo, porque reponen pelis de hace años y soy una nostálgica. Y ahí también está el calor, veo un desierto tejano con espirales intercambiando calor entre la tierra y lo que se supone debe de ser el aire, y ese actor que siempre olvido cómo se llama, pero que me produce sensación de drama solitario, interpretando a Travis en Paris, Texas. Me quedo algo más tranquila, la película ya me produjo una especie de sofronización hace años y me vuelve a suceder, es como si me lanzara de pleno a la sed de verdad, y a la desesperación más absoluta en medio de una relación también desértica entre esos dos personajes absurdos. Me siento absurda y los rasgueos de la guitarra de Ry Cooder son el único consuelo.
Soy un pollo sudado que se asa en un horno con la música de Paris Texas marcando el ritmo lento.
Por fin me duermo.
Espero que nadie me coma.

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No mangar e-book

Querido Inda:

No, si yo ya lo sabía desde el principio, tú sólo me quieres por mis aparatos electrónicos y lo demás son aderezos de Don Juan de internet.
Me mosqueé bastante cuando te apoderaste de mi centro de planchado, eso de pasarte el día planchándote las camisas no iba con tu estilo primigenio, siempre me pareciste más bien del club de la greña y la legaña natural.
Me puse también muy triste cuando tus arrumacos de hombre miel se transformaron en largos silencios, tú contemplando fascinado la pantalla de mi Mac Pro con procesadores de xeon westwemere, y yo contemplándote a tí desde atrás mirando melancólica la curva de tu deltoides y recordando cuando aún bebíamos agua.
Pero lo que clama al cielo es que me hayas robado impunemente mi lector de ebooks. ¿Para qué narices lo quieres? He visto que te lo has pegado a esa barriguita tan adorable que tienes con esparadrapo, a modo de tableta de abdominales ¿no?, a lo mejor te piensas que va a producirse un trasvase cultural por osmosis barriga-ebook.
Esto raya ya la más absoluta desidia y desfachatez.
Te abandono. Ahí te quedas con mi lavadora ultrasónica de frigoríficos y mi máquina de coser.
Yo me largo con el del butano,como tiene que ser, hay que conservar las tradiciones.
Si por casualidad te das cuenta de que ya no estoy en la casa, no me mandes un email, mejor mándame un bote con tus babas, es posible que sea la única manera de redimirte.

Te quiere
Perlita Juliana

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La cuidadora de cactus

Tres de picos pardos

La cuidadora de cactus, que era una cactus ella misma al fin y al cabo, llevaba una vida muy triste.
Con su hirsutismo le resultaba difícil besar sin pinchar y eso limitaba bastante su existencia. No es que no se pueda vivir sin besar, claro, todo el mundo lo sabe, pero se hace más insoportable y ella estaba decidida a cambiar su destino, su sino y a pensar en “a ver si atino”.
Así que se tomó muchas hormonas amigas de la suavidad, la melosidad y la lampiñez.
Se pasó varios años yendo a hacerse láser, bueno el láser se lo aplicaba un médico encantador que era como su psicoanalista, mientras él asesinaba los pelos de ella sin piedad, la cuidadora de cactus le contaba su vida, y él daba un toque de humor a sus comentarios pensando en la longitud de onda y la frecuencia del láser que tenía que utilizar a modo de arma del crimen piloso. Ella sonreía con todos los dientes en una posición bastante ridícula, pero sintiéndose consolada, mientras iba siendo desparasitada de su lacra.
Cuando la cuidadora, después de quedarse sin cash, por fin se quedó sin pelos, bueno sin los que son políticamente incorrectos, decidió seducir a alguien.
Esa tarea ya fue más complicada, porque no tenía muy claro qué era lo que quería, sólo sabía que no sabía nada y le invadía una peligrosa noción de lo que no quería, tan limitante como su hirsutismo.
Así que se fabricó unas bragas de fantasía.
La mayoría de las mujeres interesantes llevan bragas con encaje o blonda, pero ella decidió ir más allá: cogió unas bragas del siglo XVII de antes de hincharse como una foca en la era de las patatas fritas y los colacaos, es decir, unas bragas de cuando era persona, cosió un espumillón en la cintura y un par de bolitas de Navidad en las caderas.
Estaba monissssma monissssma de la muerte.
Además había estado yendo a clases de la danza del vientre durante un par de años, claro, de todos es conocido que más que danza del vientre en la mayoría de los casos todo queda en danza de barriga o en un hulahop de mercadillo, pero ella estaba muy concienciada con la ilusión de que el mundo iba girando a sus pies mientras ella andaba dándole unas cuantas vueltas de tuerca a su cabeza, con riesgo de asfixia inminente.
Venciendo una timidez que estaba a punto de caramelo para romperse, salió de marcha con un par de amigas tan impresentables como ella:  la una cuidadora de maíz devorador de muesli macrobiótico y la otra cuidadora de vecinas.

La policía las está buscando a las tres.
No nos han querido hacer comentarios acerca de cuál fue el delito y cuáles fueron los hechos desencadenantes y concatenantes, ya que es un asunto bajo secreto de sumario, sólo se sabe que fue hallado el cuerpo del delito y que sólo era capaz de comunicarse con símbolos de runas célticas y que estaba empanado en una especie de alucine jamás visto antes en ningún medio de comunicación.

Los cactus de la cuidadora tienen sed y están quedándose sin pinchos, están a merced de cualquier depredador desalmado.
Amigos, os incito a que vengáis a rescatarlos.

http://ligadeamigosdeloscactusabandonados.org/

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¡Hola mundo!

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Arruillo´s tea time

Arruillo se quedó suspendido en medio de una verde estampa bucólica, campestre y pastoril de montaña de alto standing. Miraba pensativo su taza de té, que no era de hornimans ni de carrefour, todos conocían su aficción al té de Valdepeñas con un toque de bayas de goji y un leve aroma de rooibos. Bueno, antes era más de castizos carajillos, pero eso es otra historia.
Pues como decía al principio, que es que me pierdo en detalles tontos, Arruillo reflexionaba, o al menos eso parecía, escondido detrás de sus gafas y la perfección de su barba y el pelo de patriarca de humanidades, y reflexionaba sobre la inmensa dificultad de encontrar su bienestar en medio de tan tremenda explosión de paz teniendo al alcance de sus narices el aroma de zapatilla de montaña también de alto standing.
El mirlo y el autillo se disputaron el protagonismo con sus trinos en un vano intento de despertarle y distraerle de tan profundas reflexiones. Pero tuvo más poder el color verde, que le dejó hipnotizado en un tea time permanente.

(Como no le he pedido permiso para robarle la foto sin su permiso, pongo otra, pero el enlace a la foto protgonista es: http://arruillo.blogspot.com/ )

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doslenguas

Verde. Te miro.
Amarillo. Te peino las canas.
Rojo. Me río en tu nariz.
Gris. Te hago una ola de besos.
Naranja. Me como tus macarrones.
Violeta. Te robo palabras y te encierro en ellas.
Oro. Me pestañeas.
Plata. Te río por las comisuras.
Azul. Me haces el calamar.
Negro. Te desfleco el alma.

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Leodegario de mis amores

El otro día estuve en Lucerna. Bueno, el otro día no, hace ya una quincena, pero lo sigo llevando en mis entretelas y entresijos, junto a la faltriquera, como si de un bien preciado se tratrara. Claro que también estuve en otros sitios fermosos, en el Zaandijk por ejemplo, que es menos sencillito de pronunciar, allá donde los molinos holandeses se fueron a tomar vientos y donde casi yo lloro de emoción, y también en el Sacré Coeur, haciendo alpinismo por el Montmartre, mirando Eiffeles con desafíos despeinados,y también en,… ay, que me da el Alzheimer agudo.
En resumen, que entre tanta maravilla, estuve dudando si dejarme raptar por Estrasburgo o Lucerna, no es fácil, no creáis, el corazón se desboca en cualquiera de los todos esos lugares, pero en el maravilloso edificio del Consejo de Europa no tenían folletos en castellano y me sentí triste y abandonada, así que finalmente me lié la manta a la cabeza con el patrón de Lucerna, San Leodegario.
Regocijada por tan jocoso nombre, estuve paseando por puentes llenos de maderas pintadas con escenas de muertes y de batallas de otros siglos, flores increíbles de concebir con esos fondos de Alpes en días de bonanza, cisnes tan limpios como recien lavados para un anuncio de detergente y casas decoradas con letras góticas y dibujos, asomándose a lagos y ríos que les devuelven los mensajes en un chat de aire que huele a carretera de montaña.
San Leodegario me adoptó a modo de hija pródiga lucerniense, pero la realidad batalla por instalarse en lo cotidiano y aquí me encuento ahora en una torre de babel andaluza, intentando recordar esa paleta de lenguas que se resisten a mi pronunciación.
Un día volveré,
por St. Leodegar bendito.

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Extrarrejas

Lo malo de estar extrarrejas es que estoy fuera.

…………A veces tengo la sensación de que mis genes estaban compuestos para adaptarme a vivir allí dentro, en el zitio eze. No fue así, pero pude existir. Hay un abismo entre vivir y existir, son matices semánticos que llevan a mundos distintos. Estuve existiendo durante tantos años a modo de hongo, pululando por esos espacios tan limitaditos, tan cerrados, que me sobra aire ahora. Y todo el mundo sabe que los hongos con demasiado oxígeno se ahogan y se engurruñan. Ya, ya sé que podría existir a modo de liquen, que es otro estatus, como el que pasa de cajero de supermercado a banquero de ventanilla, y así comenzar la carrera hacia eso que se llama vivir. Pero es que me he quedado pegado a las piedras y lo que me ha ocurrido es que me he mineralizado. Y así no hay quien viva, porque, con tanto cristalillo, me dan agujetas en los pensamientos y me quedo en suspenso, o en ‘stand by’ pero sin pasar nunca a ‘by’.

…………Lo malo de estar extrarrejas es que he perdido importancia. Ahora sí que no soy nadie. Y me veo a mí mismo con esta pinta de candidato a cola de comedor social y se me hunden las mejillas. Al menos dentro era el encargado de avisar cuando fallaba el sistema de chorro de vapor, un sistema ideado para abotagar a los gallitos. En todas las celdas había una especie de sistema antiincendios, pero hecho para echar chorros de vapor a ciento dos grados centígrados, activado cuando a alguien se le iban los cables. Un sistema tan simple aplatana al más pintao. Y fui yo el que lo inventó. A mí me robó la patente un pánfilo y yo le dejé muy clarito que las ideas no se roban, haciéndole tragar un kilo de sal para suicidarle involuntariamente a la japonesa.

…………”El Rey Olla Exprés”, me llamaban entre rejas.

…………Y ahora soy un rey caído.

…………Lo malo de estar extrarrejas es que ni siquiera me pica el cuello por la mugre de la camisa.

…………Lo malo es que ni siento y dudo si tan siquiera existo.

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De gatos y lagarteranas

Vi el brillo naranja en el fondo de aquel túnel y comprendí automáticamente que mi senectud me había llevado por fin a la muerte. Pero los automatismos son tramposos. Mi pensamiento automático me había hecho pensar mal, muy mal. No señor, no estaba muerta. Estaba viva y, además, con ese monísimo traje de lagarterana con bordados naranja que me había colocado con bastante poco arte para ir a ese baile de disfraces.

Creo que todo era fruto del mucho calor de los refajos y de los sudores, que me habían dejado exhausta y estaba viendo espejismos de carretera nocturna.

Lo del fondo del túnel era la luz de una vulgar grúa que estaba cargando un coche.

Como soy muy civilizada, paré al lado y me ofrecí por si necesitaban ayuda. Yo siempre ofrezco mi ayuda, sea para lo que sea. Y el resto de la humanidad tiene el mal gusto de utilizarme para todo, sea para lo que sea. Así que allí me vi con mi trajecito de lagarterana, mis media de punto grueso, mi toca en el pelo y mi cara de usuaria de personas necesitadas (cada uno salva su alma como puede, ¡leñe!).

Empujar un coche a las 3 de la madrugada porque al de la grúa se le había estropeado el sistema elevador (o elevatriz, que diría Alonso), tiene tarea. Además, me daba la risa. Y cuando se me cayó la rueda del coche en el tobillo izquierdo, me dio la risa aún más, pero con lágrimas.

No, no vayáis a pensar que cejé en mi empeño. Salvo los relatos, suelo terminar todo lo que me propongo. El coche estuvo colocadito finalmente en lo alto de la grúa a pesar de todo. El de la grúa me agradeció con indulgencias plenarias todo mi esfuerzo y me regaló un gato.

No estuvo mal la cosa, porque a los 3 km se me pinchó una rueda. Y lo de llevar un gato, aparte del trajecito de lagarterana con bordaditos de naranja hilo de seda, suele ser muy útil para estos menesteres.

Ahora viajo en coche de policía. También tiene lucecitas, y me han prometido que me tratarán bien, muy bien.

Os escribiré desde el hospital, creo que me llevan a Agudos de Psiquiatría. No sé si los ordenadores de allí tendrán powerpoint para que os incluya unas diapositivas con mi traje.

Besos por si acaso.

————
Foto: Escenas típicas, Museo Marcial Moreno Pascual

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¿Y mi dentadura postiza?

Lo malo de dormir con desconocidos así de forma intempestiva, todos lo sabíamos pero picamos, es que no te puedes fiar de ellos.
¿Y mi dentadura postiza?
La puse anoche en la mesilla en el vasito de agua, junto con el DIU, y ya no está.
Claro que tampoco está el indivíduo que anoche me empañaba la oreja con promesas de llevarme a la Polinesia o a Tomelloso, que es que ya no me acuerdo.
Y lo malo también es que le de por vender la dentadura y el DIU a alguna incauta, que hay muchas por ahí.
Él era alto, guapo y tenía sonrisa de quítate tú pa ponerme yo. Me invitó a un chocolate con churros y no pude resistirme. Me había puesto ayer mi chaleco de croché, el que mi hermana ha estado haciendo todo el invierno y al final me lo regaló por no tirarlo. Ella piensa que le ha quedado horroroso, pero la verdad es que alegra mis pecas y me da aire de cassual-underground-girl (lo vi el otro día en una revista).
En resumen, que entre el chaleco y los berretes del chocolate, él me encontró muy atractiva. Y después me llevó a varios lugares de tímida luz  y música de sonotone con pilas descontroladas para invitarme a espirituosidades enólicas. Es decir, me pillé un cebollón memorial.
Corramos un tupido velo sobre las escenas intermedias que no son de vuestra incumbencia. La torpeza no siempre es publicitable.
El final de este cuento de sub-princesas es que yo estoy sin dentadura y sin DIU.
No vuelvo a poner en la mesilla de noche mis bienes más preciados.
Ni vuelvo a meter la pasta dentro de la caja fuerte de detrás del cuadro de Los Girasoles de Van Gogh, porque está claro que el bellaco también se la ha llevado.
Lo que no entiendo es por qué no se ha llevado el chaleco.

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Croquetas de lorazepam

– Emeteria: te juro por mi madre bendita que de persistir en tu empeño en venir todos los días a la consulta, te voy a dar unas croquetas de lorazepam.
– Don Minganíllez, si es que me encuentro muy mal.
– No hija no, te lo voy a decir ya de una forma rotunda, definitiva y para que no haya dudas: tú no te encuentras, al único que encuentras es a mí, todos los días para ser más exactos, y siempre encuentras tiempo y energía, cosa que a mí ya no me queda, para desgastar mis higadillos con tu adicción a la melacolía y demás virilingües.
– No le entiendo, don Minga. Yo sólo necesito que usted me comprenda.
– Llevo años comprendiéndote, corazón.
– Eso que usted dice es injusto, porque yo me encuentro muy mal.
– ¡Qué novedad! ¿Has pensado en cambiar de médico?
– Sí, pero es que la doctora Verrúguez no habla, se queda mirándote y callada como un búho y no se sabe lo que piensa. Y el doctor Próstatez me dice que sí a todo, como los chinos, y no puedo discutir con él.
– Mira, Emeteria, yo ya lo he pensado largo y tendido, he perfeccionado una receta que nadie ha perpetrado jamás, ni en El Bulli: croquetas de lorazepam. Una tú, una yo, una tú, una yo… Nos las vamos comiendo en disamor y compañía. Ya he calculado la dosis/efecto.
– ¿Qué efecto?
– Pasaremos a los anales de la ciencia, Eme, es posible que incluso publiquen el experimento en el Brithis Medical Journal. Ya he estructurado el absctract.
– ¿Locuálo?
– El resumen del suceso, el enunciado de objetivos, material, método, discusión,…
Objetivos: que Emeteria pase a mejor gloria.
Material: las susodichas croquetas.
Método: si ella se come “ene croquetas elevado a x-7 multiplicado por los miligramos de lorazepam invertidos en la masa y dividido entre el nº de patas de las gallinas que pusieron los huevos para rebozarlas menos la masa específica del pan rallado”, yo me tomo un Quitapenas para acompañar.
El resto está pendiente de llevar a cabo el estudio.
– Don Minganíllez, ¿usted ha bebido hoy?
– No, Eme, sólo te estoy pidiendo que contribuyas a un estudio científico para elevar el status de mi carrera profesional.
– Ah bueno, usted ya sabe que yo haría cualquier cosa para que le vaya bien. ¿Cuándo empezamos?
– Ahora, me he traído la fiambrera.

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Garrapatas inhóspitas

Doctora, tengo una garrapata dentro de la oreja desde hace 3 meses. La médica aguanta el gesto de incredulidad y, otoscopio en ristre, mira dentro de la oreja. Nada, nada anormal, se entiende.
Con cara de internet le pregunta a la paciente que si ha tenido fiebe, mareos, náuseas,… a todo que no, que lo único que nota, la paciente, es una garrapata paseándose por su oreja.

Visita al otorrino: Nada, nada anormal, se entiende.

Eufemia, dice la médica, ¿qué día empezaste a notártela?

El día que mi marido se enrolló con un perro.

Traga saliva, la médica, se entiende. ¿Y eso había pasado antes?

Claro, son pareja desde hace años.

Pero ¿no es tu marido?

Sí, pero yo antes era una abeja.

garrapatillas:
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Peras con guisantes

Pues eso, que ya lo he dicho, que me he cambiado de desodorante para ver si las palabras no huyen de mí despavoridas y se avienen a formar significantes y significados legibles, gustables y paladeables.

Mientras tanto, me dedico a comer peras con guisantes en un nihilismo cerebral sin eco, porque las neuronas se me han ido de excursión al estómago y está difícil pensar sin emitir aires raros.

También ando en eso de reconvertirme en un ser social, mientras espero sin fumar, no es cuestión de empezar ahora que todo el mundo lo está dejando, mis vicios nunca han sido de este mundo, así que he vuelto a darme las mechas, a arreglarme las uñas y a usar la grúa para subirme en los zapatos de tacón, aprovechando que la dieta peraguisantera me ha dejado un aire de escultura de Giacometti.

Mira que insisto con intención e inquina, pero se me escapan los relatos como si fueran billetes de 500 euros a la puerta de un hogar de jubilados. No fraguan, no cuajan, no encajan, ni tan siquiera se quedan un ratito a conversar conmigo.

Huyen, mis palabras huyen, vuelan aviesas entre mi pelambrera un rato descojonándose de mis delirios de escritora y emigran a un limbo codificado, del que no tengo descodificador, dejándome compungida como si me hubiera abandonado un novio cualquiera.

No les da la gana venir a buscarme ni en sueños, se han tomado una año sabático, que ya dura más de un año, y posiblemente estén coqueteando con algún informe pericial de algún juzgado o con los requiebros de algún tontaina que se la va a dar con queso a alguna princesa, o a lo mejor forman parte del discurso de algún prócer aún no procesado.

Voy a tener que hacerme unos implantes de peras y guisantes.
[Foto: Tomates de la Herencia en superficies pintadas, de Elena Ray para Shutterstock]
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He atravesado el negro

He atravesado el negro y el bebé parece que se mueve. He atravesado el negro y el bebé parece que respira. He atravesado el negro y el bebé, por fin, comienza a llorar.

Me miran las dos enfermeras, el enfermero, la celadora, el técnico de la ambulancia. Me miran la madre y el padre. Y, después de salir de un tiempo que no sé quién me ha robado, me los encuentro mirándome expectantes y dispuestos a ir hasta el infinito y más allá.

Como despertando de un coma, me descubro a mí misma disfrazada de médico a punto de salir de la guardia en la sala de críticos con el bebé de dos semanitas, un filetito, en mi brazo. Supongo que he debido de hacer correctamente todas las maniobras de resucitación, porque me suena a música celestial ese llanto rabioso. Supongo que todo el instrumental y la medicación que ya tenía listo el equipo va a sobrar.
Todo ha sucedido a velocidad supersónica. Supongo que es que yo he dejado de respirar por empatía con el bebé, o a lo mejor así lo hemos hecho todos y nos hemos quedado como en un vídeo en el que se le da al “pause”. Todos tienen pintada la cara de alarma y de gravedad, excepto, por suerte, los padres, ellos dentro del miedo ún tienen un atisbo de esperanza en su mirada.

Sonrío y casi lloro a la vez y me quedo un ratito el niño en mis brazos antes de devolvérselo a su madre. Es tierno, suave y huele a nenuco y a leche. Está vivo y lo va a seguir estando, así, tan frágil, pero vivo.

Logro desprenderme de él y se lo paso a los brazos de sus padres que están tan chocados que ni siquiera pueden llorar. La angustia ha sido tan fuerte que sólo pueden moverse como autómatas felices, con su bebé, que respira, se mueve, llora y ha logrado atravesar el negro.

La sala de críticos tiene un olor a desinfectante que me resulta tremendamente acogedor.

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Incendio de ideas

Leyendo en sus ojos, se me viene abajo la valentía que da la pura fachada de locuacidad acelerada, y mirandole de refilón, sin palabras, andando a su lado, se me mueven los pies al paso militar del bombeo de su corazón. Hace calor. Me preocupa que algún honesto padre de familia pueda dar un grito, encarando mi busto y haciendo mirar hacia otro lado a su hijo. Sé que antes pude evitar la evidencia cambiando constantemente el vuelo de mi camisa, como un pájaro de alas maltrechas. Me preocupa que se note que desprendo electricidad y calor. Flamear. Me siento la antorcha humana cruzando el semáforo, y todo ocurre tan rápido y tan lento que el segundo en el que rozo sus labios vuelve a ser calor que derrite y enerva, que hubiera congelado y mantenido, que aún ahora despierta la alarma de fuego en el edificio. Me muevo inquieta en mi asiento, intentado evitar que el fuego se propague. Puede que tenga que mandar a un retén a que lo apague. Aunque sea a mano.
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Ictus Interruptus

Estaba yo dándole al manubrio de la ambulancia, ¿o las ambulancias no tienen manubrio?, que se nos había quedado tirada en el arcén- sin h- por un recalentamiento global sin precedentes, cuando sonó el móvil del conductor,…

-…que se ponga el médico-me dijo en tono de cachondeo- a ver si puedes resolver algo.

“Las pezaítas” era el nombre con el que los chicos de la ambulancia habían codificado el número del centro coordinador de emergencias, que aparecía fluorescente sobre un fondo de pantalla con una tía con dos melones siliconados (cada día me sorprenden más los pensamientos de los técnicos de ambulancia).
– Dígameeeee- dije, con la esperanza de que quien quiera que fuera el usuario demandante de nuestros servicios no estuviera al borde de la muerte, dadas las circunstancias.
– Un aviso- emitió una voz femenina que me soltó todos los datos como un chorrito de grifo averiado imparable.
– Disculpa, ¿no hay otra unidad disponible, estamos haciendo RCP a la nuestra.
– Lo siento, todas las ambulancias están ocupadas y al parecer el paciente tiene un ictus.
He de reconocer que siempre me han alucinado los acertadísimos pre-diagnósticos telefónicos con ese sensual toque de teleoperadora, casi me dan ganas de creérmelos.
Pero creo que la ambulancia se arrepintió y dejó de torturarnos o, mejor dicho, decidió torturarnos poniéndose en marcha, para dejarnos sin excusa y lanzarnos a ese peligro inminente.
Dimos tan sólo unas tropecientasmil vueltas hasta que localizamos el sitio, la gente cuando tiene una urgencia suele dar los datos de la forma más escueta posible, es posible que supongan que el GPS de la maginación de los servicios sanitarios es infalible, o bien es probable que en realidad no deseen ser encontrados, cada uno se suicida como quiere, oyes. La Urbanización el Quinto Pino no estaba al borde de la playa, no, fue necesario recurrir a un alarde de intuición y al oráculo de Delfos para llegar a la zona, y luego preguntar a varios obreros, policías, panaderos, señoras con carrito y otros amables informadores para encontrar el número de la casa que, para variar, estaba equivocado.
La ambulancia hizo un ruido extraño, como resoplando, supongo que para solidarizarse, pero siguió operativa.
Médico, enfermera y técnico salimos equipados hasta las orejas con ese aire de salvar vidas que hemos aprendido en los cursos de reciclaje de urgencias de la tele. Bueno yo llevaba la bata algo manchada de óxido y aceite, las gafas un poco torcidas y los pelos más payá que pacá, pero como mi actual fonendo es de color fucsia, atrae todas las miradas y disuade de comentarios sobre mi look.
Entramos a la casa, la puerta estaba entornada, preguntamos que por dónde estaba el paciente a grito pelao, y como no hubo respuesta nos temimos lo peor. Subimos corriendo por unas escaleras de caracol estrechísimas y empinadísimas- cosa habitual en los avisos realmente urgentes- hasta la 3ª planta, allí había una señora muy británica tomándose un tazón con leche y galletas migadas y un señor tirado en una cama con olor a humedad de Brighton. Ella respondió amablemente a mis preguntas en Inglés de Guirilandia, pero no aclaró nada de lo sucedido, se supone que el médico ha de ser lo suficientemente avieso para captar todos los detalles y recomponer todos los hechos (ya me he apuntado a los cursillos de CSI de mi barrio, pero hay demasiadas solicitudes).
Así que me dirigí al señor enfermo con un supuesto ictus y me dispuse a hacerle una exploración neurológica, ya que no funcionaba la fonética, él tuvo a bien vomitarme en los pies, ¡ojo!, esto indica que el grado de educación del sujeto rayaba en lo delicatessen, otros vomitan directamente a la cara.
El olorcillo a Don Simón y el color vino de los elementos emitidos nos dio la pista, y los ronquidos suaves desmintieron respiraciones apnéusticas y otros sobresaltos, dejándonos claro que aquél señor de pelo cano, nariz violácea y mejillas coloradetas lo que tenía era un ictus interruptus, transformado en una monumental borrachera.
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7 cerebros compartidos 7

Es bonito empezar en Septiembre, todavía no se han caído las hojas y el mar aún no se ha enfadado demasiado.
Después de tantos años me sigo poniendo nervioso esperando el momentazo. Cuando comienza el curso y yo tengo que saber con quiénes cuento para ver si aprendo algo. Bueno la verdad es que soy yo el que tiene que enseñarles algo a ellos, pero como aún no tienen mi nivel de conocimientos, que no es mucho, siempre aprenden algo. Lo más interesante es lo que ellos me transmiten a mí. Y el primer día todos tienen los ojos redondos.
Los chavales son especialistas en poner los ojos redondos, signo de su disposición a percatarse de todo, a fijarse, aunque luego les importe tres pimientos y medio lo que intentes decirles. Y así es, otro año más, entro en el aula, mientras ellos aún no tienen confianza suficiente para tirarse papeles ni romperse las gafas ni otras amorosas crueldades. Aún se sienten aislados, si no conocen a los otros y piensan que son tontos pero que los demás no tienen por qué darse cuenta.
Mi mirada triunfal, esa que invade el primer día, abarca todas las cabecitas. La de final de curso ya será una mirada algo más humilde o, para ser sinceros, de estar hasta las narices. Pero estrenar curso es como cuando yo estrenaba lápiz y goma de pequeño.
Me miran, sé que tengo que decir algo, muchas cosas, pero me gusta hacer notar que estamos delante de una pizarra en blanco, bueno verde-gris, y que nuestra relación va a ser laaaarga e intensa.
A veces me doy cuenta de entrada: son unos zoquetes este año y no lo pueden disimular. Y les digo que no está mal que entre los 7 podemos lograr un cerebro, cosa que ya es mucho, con uno solo entre todos, me doy con un canto en los dientes.
Pero el primer día no suelo llegar a tanta sagacidad.
Y empieza el momentazo, ese en el que yo voy soltando metralla y ellos me miran con gesto de potenciales premios nobel, y yo me engaño, me gusta engañarme a conciencia, pensando que me están captando, que están entendiendo todo y que son la esperanza de la humanidad. Aún no he descubierto al tonto del todo, ni al cruel hiperbólico. La crueldad es un bien innato en todos ellos, con un nivel de manifestación más o menos censurado. Pero siempre existen, en todo curso que se precie, el cruel de solemnidad y el tonto de solemnidad, que forman parte del paisaje de un aula como los naranjos en Valencia. Pero yo aún no lo sé, no los distingo. Bueno, también existe el alumno esquizo, especialista en desestructurar todo empezando por él mismo y dando porculito lo que no está escrito, el generador espontaneo de sangre, sudor y lágrimas.
Y yo, feliz, empiezo el aprendizaje. El mío. No, no se trata de que yo les enseñe algo a ellos, eso es demasiado fácil ya para mí. A poco que hagan caso, darán un salto con las cuatro chorradas que yo aporte. Se trata de mi aprendizaje, de lo que yo puedo aprender de ellos, de lo que ellos me enseñan a mí, sin nómina fija ni complementaria, ni tan siquiera extra de Navidad. Son los verdaderos maestros. Sus peculiaridades me doman como a un tigre sin rayas. Es tan asombroso que un chaval pase de los rollos patateros que le cuento y llegue a sus propias conclusiones sin tantas vueltas como me costó a mí, que me lo paso bomba dando clase. Es posible que siempre me haya producido envidia la chulería infantil, o la capacidad de poner la mente en blanco sin enterarse de nada, porque ya están en un umbral superior. A lo mejor es que yo soy simple, o demasiado llano, aunque mis colegas me consideren un genio. No sé. Sólo sé que estrenar curso y saber todo lo que voy a sacar de allí me produce calor, temblores, respiración acelerada y algo de mareo.
Lo mismo es que al estar con ellos me da la gripe.
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Bocata de impresora

Bocata de impresora

Me fui chupando los dedos después de intentar imprimir todo aquello, pero la impresora se lo comió antes y emitió unas páginas en blanco con manchas de grasa de chorizo. Ni una letra. Ni un signo. Por un descuido, yo le había dado el pan al teclado y eso fue todo. No hubo nada más. Los árboles de otoño se habían evaporado, tampoco quedaba nada de tus ojos verdes de viejo crítico, ni rastro de palpitaciones y otros delirios. El teclado y la impresora se quedaron con todo mi potencial. O a lo mejor yo se lo había regalado al chorizo, para cebarlo. Ya que tu teléfono no sonaba en el mío, ni tu voz se colaba por mi oreja, ni tus manos me hacían olvidar la ley de la gravedad, me había entregado a esa lujuria de escepticismo. Tus palabras se negaron a venir y mis letras se negaron a salir, iniciaron una huelga de hambre. Menos mal que aún me quedan fieles los altavoces y el micrófono.Como no aparezcas pronto, amenazo con dedicarme al cante jondo.

Tirantes de tiramisú

Y me ceñí la cabeza con unos tirantes de tiramisú, sacado de una cena en un lugar de lo más hortera. Ni tú merecías la pena, ni yo alcancé la gloria. No había nada que contar, excepto el absurdo smoking del camarero en es hiperrestaurante con olor a rollito de primavera.Los tirantes se me pegaron a la CPU y fui absorbida por un disco demasiado fragmentado, así que los tirantes no sirvieron para nada y se me cayeron los pantalones, el pelo y el mapa de orientarme en los lugares sin historia.

Fabada de teclado

Una sola conversación contigo me bastó para sanarme, así que, con esa eutrapelia que caracteriza mis mañanas, fui echando en la olla todas las teclas del teclado, que se quedaron nadando en el caldo algo sorprendidas, sin saber qué decir, me dieron pena, porque se habían quedado sin poesías, había vuelto la realidad y decidí quitarme unos cuantos dientes y añadirlos, para darles sabor y acompañamiento. Mi intención era hacer una fabada para enviártela en una oda de canto de pajarillos, una especie de mariachi vespertino que te llevara al éxtasis, pero lo único que logré fue una vulgar sopa de letras. Y además me había quedado sin sientes para sonreírte.

Ensalada de puerro, cerebro y apio

Puse todo mi cerebro en contarte mi vida, me quedé con el cerebelo para no perder el equilibrio. Al perder la capacidad de elaborar y coordinar ideas, las palabras se reflejaron en la pantalla como una llantina provocada por liliáceas, y los lagrimones se me resbalaron hasta el mismísimo apio, digo el ombligo. Ni tú me entendiste a mí ni yo me comprendí a mí. Lo importante es que sí te capté a tí. Te envié un rojo beso atomatado y te revolviste como la sal y el aceite. Por una vez, tras muchos siglos, no me devolviste vinagre.
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Curioso Bidet

Curioso invento el bidet. Ya lo dijeron muchos antes que yo. Pero lo más curioso son ciertos seres que los habitan, además de pelos y hongos en algunos casos. La jornada laboral me dejó tan exhausta que ni ganas de ducharme me quedaban. Ahí en el bidet, comencé a lavarme unos bajos fondos algo trastabillados, con ese placer distraído que producen el agua caliente y el olor de la espuma de un gel elegido con capricho. Y cuando más abstraída estaba, quedó en mis dedos algo que me hizo levantarme despavorida, con un grito. ¿Qué era eso? ¿De dónde había salido? Si parecía un alevín de pez. ¿Pero cómo había llegado ahí? Ahí, ¿eh?, ahí. Puse un filtro en el desagüe para que no se colara y aclarar si lo había soñado. Y no, no era un sueño. Era una diminuta cría de pez, con el tubo neural en transparencia y algunas huevas blanquecinas y gelatinosas adosadas. Con gran temor, lo estudié desde varios ángulos. No había duda. Era un embrión de pez, pero además parecía tener formas de tiburón. Un tiburón en ciernes. Tan blando, tan frágil y ya con la forma amenazante de un hocico devastador. ¿Qué pintaba un tiburón en mis bajos? Era imposible que fuera un aborto escapado de mi propio cuerpo. Hasta donde mi memoria me alcanzaba, yo no recordaba haber tenido ningún affaire con ningún tiburón. Uno de los del mar, se comprende, que los de la calle siempre mienten. Me quedé perturbada, confundida, anonadada y más o menos turbada. Sólo podía haber llegado a través del agua. Así que, con mucho amor, por si acaso era cría mía, al agua lo devolví. Al desagüe del wc en este caso, junto con las pegajosas huevas que lo rodeaban. Le dediqué una poesía, pero se fue nadando y ni se inmutó. Hoy lloro amargamente por haber perdido la oportunidad de mi vida de salir en televisión.
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Kukuphatopoicos

Kukuphatopoicos tiende la ropa amorosamente en la terraza al final de la tarde, en medio de ese silencio que despide a los pajarillos para saludar a los murciélagos. Ha estado en el campo recogiendo un ramillete de pulsatillas y la paz hace ondular sus orejas.

De repente se oye el anuncio de lo que será un estruendo, no está claro si es una tormenta o un terremoto, pero el suelo no vibra. Vibra el corazoncillo de Kukuphatopoicos por la taquicardia que le produce la plenitud de ese sonido que parece el de algún misil en campo de batalla, pero tampoco hay ecos de tiros de respuesta. Algo ha atravesado la barrera del sonido y se rompe el cuello mirando a todas partes.

Mientras se sujeta la cabeza con las dos manos, ve por fin un triángulo que se parece a los mirlos que hay alrededor, pero de pronto se convierte en un avión-tenedor con el mango apuntado hacia una caída en picado.

Kuku siente vértigo y casi llora pensando en sus pulsatillas. Aunque a veces ha soñado en montar en una bici supersónica, pero sin vuelo, que eso da mucho susto.

El tenedor-avión hace un loop y remonta dejándolo todo sordo con un sonido que no se sabe si va persiguiendo al avión o huye de él.

A Kuku se le ha caído definitivamente la cabeza, y es una pena, porque es un factor vital para poder tender la ropa.

Los calcetines se resecan retorcidos a medio camino entre las cuerdas y el suelo, y ella yace en un mar de decibelios.
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Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]
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Voy a escapar a reacción

Me voy a escapar volando en un avión a reacción. Voy a huir de tus peligrosas ideas, de tu ciega lengua y de tu imagen, que me dejan herida. No desertaré de ser tu fantasía. Pero a tí no te quiero. Ya se me pasó la vida y, ahora que soy un cyborg, se me acabaron las flores, los óvulos y la miel con chocolate. Saldré en un disparo que dejará un estallido tras la barrera del sonido, para entonces ya no sabré dónde estaré. Arrastraré mis cascabeles, mis risas y los rizos por otras nubes. Ni siquiera necesito sangre, ni oírte llorar.
Mi idea se queda, pero yo me voy, me voy antes de que llegue el invierno, aunque sé bailar en el hielo. Mi vida huye y yo me voy detrás de ella. Me desintegraré en pequeños fractales para que te quedes con unos cuantos. Pero ya no soy tu niña, ni si quiera tu amor.
Cuento, cuento despacio, uno, dos, tres,… seiscientos,… dosmil…
Espero el arranque.
Me aseguro de que todo está en su sitio. Pero nada sucede.
Me miro a mí misma extrañada.
Me compro una dinamo en un bazar de un viejo y me la instalo en la espalda, pero ni así. No arranca el cohete, no existe el avión, me he quedado transformada en una burbuja de ideas.
Me he quedado enganchada a tí para siempre.
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Guardaespaldas de limón

Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchividiú hace la gota,…

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos…

Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón…

Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.

Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.

[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]
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Le pedí la mano

 

 

 

Le pedí la mano, pero no para casarme con él, aunque vi correr el miedo por sus ojos por si acaso.
Había estado hablando durante tres cuartos de hora, con esa voz de cántaro roto, mientras yo escuchaba, algo abstraída, columpiándome en sus hombros cuadrados, mirando el rectángulo del mentón moviéndose como cuando habla una marioneta, contando los surcos de sus orejas y sopesando lo negras que tiene las pestañas. De vez en cuando yo hacía movimientos de cabeza, como en un tic, para que supiera que seguía el hilo de su discurso, emitiendo a veces algún sonido gutural parecido a un sí, un no, un claro, claro, o un nada de eso. Mientras iba grabando lo que me decía en algún lugar de mi cerebro, para rebobinar después y volverlo a escuchar cuando estuviera sola, yo estaba más interesada en sus manos. Grandes, como él, algo pálidas, elásticas, con uñas impecables, que me tenían embobada por la generosidad que transmitían.
Así que le pedí la mano. Me dio sólo una, algo mosquedado, claro, y medí todos sus parámetros entre las mías, almacenando datos en las líneas, sintiendo las almohadillas de sus músculos y la temperatura de ese cuero armado.
Como no era cuestión de rebanarle el cuello para llevarme la mano conmigo, así sin la premeditación de otras veces y en ese lugar tan concurrido, se la devolví en un gesto magnánimo y sin precedentes.
Voy a tener que controlar mi hobby de coleccionar manos, pero siempre quedará un hueco vacío para la suya en mi galería.

 

Foto: Hands

Tatiana Popova para shutterstock
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Brillo Naranja

Pues cuando comprendí que había perdido totalmente mi capacidad de relacionarme con las personas, si no era con uniforme por medio, empecé a sentirme algo inquieta. Un picor de ingles y sobacos me puso nerviosa y me pregunté qué remedio podría sacarme de tal rigidez.
La evocación de mi vecina vino en mi ayuda. Otros tienen hadas madrinas o abogados. Yo sólo cuento con evocaciones. En este caso recordé a mi vecina, relaciones públicas por excelencia, locuaz, políglota, polífaga, polígama y experta en no dejarse apabullar. Así que intenté ponerme en su lugar y tratar de pensar en qué es lo que haría ella en mi lugar para volver a relacionarse con el mundo de las personas, que no es el mismo que el de la gente.
Me puse un brillo naranja en los labios y el pelo algo alborotado, pero fui incapaz de prescindir de un virginal vestido azul marino con lunarcitos blancos, la perfección estética siempre se me ha resistido.
Me fui a un lugar hiperpoblado. Paseé con sonrisa tierna y esperanzada arriba y abajo. Oí cómo un señor de metro noventa con un niño sentado en los hombros le decía alegremente que iban a ver los barcos. Fui yo también a ver los barcos. Pero ni el señor de metro noventa, ni el niño, ni ningún barco tuvieron a bien dirigirme la palabra.
No importa, me dije para mis adentros, Roma no se conquistó en un día. Aunque lo cierto es que el naranja de mis labios comenzaba a quedarse mate limón.
Algo harta de mi empeño en reconquistar a las personas, encendí un cigarro, claro que, como no soy fumadora, me entró una terrible tos de perro y arrojé la colilla a una papelera, provocando un incendio de siete pares de narices.
Acudieron bomberos, colegas y todo tipo de seres uniformados que me hicieron recuperar mi fe en el uniforme.
Pero bien sabe Satanás que la vida es dura: ninguno tuvo la decencia de fijarse en el brillo naranja de mis labios. Se dedicaron a rescatar individuos semicarbonizados y me dejaron más sola e insignificante que una rata siberiana.
Volví a mi casa triste y compungida, me puse un camisón con encajes y puntillas, abotonado hasta la epiglotis, y soñé que era un elefante africano.
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De sogas y semisuicidios

No era agua. Estaba lloviendo, pero no era la gotera de siempre lo que caía sobre la cara de Eutiquia. Eran trozos del techo, que le estaban cayendo en la cara, mientras contemplaba embobada ese espectáculo, espanzurrada en la cama. Se sintió ruin por no haber llamado a los albañiles a tiempo. Pero cambió de idea cuando oyó además una especie de grito y otro batacazo en el suelo, digo en el techo, de su dormitorio. Con el pijama lleno de manchas, porque había pasado tantas horas delante del ordenador que no había tenido tiempo de lavarlo, bajó con prudencia de la cama, se puso las zapatillas, esperando que algo resolviera ese misterio, para no tener que moverse y poder volver a roncar con soltura, y subió a casa del vecino.
Nadie abrió la puerta. Volvió a por la llave que tenía para regarle las macetas en sus ausencias y entró sofocada, pidiendo mentalmente que todo fuera una tontería. No estaba ella para esas incomodidades.
Allí estaba Genaro, tirado en el suelo, con una soga alrededor del cuello, la cara muy moradita y un priapismo algo vergonzoso. Pero no, no estaba muy muerto del todo, aún hacía chirivitas con los ojos y sacaba la lengua intentando decir algo.
Eutiquia siempre había sido algo pava y tardó en comprender que ese señor, su muy estimado vecino, debería haberla avisado, porque con estas cosas los precios de las viviendas se devalúan. Pero en un arranque de caridad, se lo perdonó y corrió a por el cortaúñas que estaba sobre la mesilla, le costó bastante romper la soga.
Genaro pudo incorporarse y extracorporarse, es decir, no sabía muy bien qué hacer, pero se agarró a Eutiquia en un arranque de simpatía y los dos volvieron a caer al suelo, ¿qué digo al suelo?, al techo, al de ella, y dieron un cebollazo en la cama de ella, como era de prever. La vida sedentaria y las dietas de usuario de ordenador, que son poco sanas, ya se sabe. Fue así como el amor surgió del delirio de un semisuicidio.
Fin, por supuesto.
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El ictiopondrio maldito

Nononononon, que estoy hartita de ir a la compra y que me den gato por liebre, como si yo fuera tonta, que ya sé que lo de mi alopecia hace pensar que tengo el cerebelo donde tendría que estar el cerebro, ¡pero no!, ¡no señor!, que a mí me dieron un premio en el colegio por inventar un sistema para que no chirríe la tiza en la pizarra, que estoy hasta las napias de que me gitaneen, que si yo he pedido anguila para cocinarla en su propia tinta, no sé por qué tienen que colarme ictiopondrios en la bolsa, que luego van y te lo ponen todo perdido. Pero es que el ictipopondrio que me dieron el otro día en el mercado de la Buena Vista era el colmo. Me dejó todo el sofá lleno de huellas de sus patitas y se comió la maceta de violetas africanas en 5 décimas de segundos, luego se tiró a la cisterna del WC y se puso a nadar con todo desparpajo, a sus anchas. Y mis amigos que iban a llegar en tres cuartos de hora y yo sin hacer la comida. Cacé o pesqué al bichejo, que la verdad es que ya no sé lo que hice, porque me obligó a correr por toda la casa, el portal, la portería, el patio de vecinos y el almacén de bicis, que ya iba boqueando él, buscando agua aunque fuera de estanque, y ya iba boqueando yo, porque me pesan los kilos, bueno y los años, porque no bebo agua mineral, pero al final cayó en mis redes, o mejor dicho en la espumadera y lo tiré a la sartén que ya estaba con el aceite humeando. Me dio un poco de pena el pobre animalejo, pero es que la comida de primeros viernes de mes con mis amigos es sagrada. Antes íbamos a hacer novenas.

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La cenefa de tus baldosas

 

      Si entro en tu cocina corro riesgo de ser evaporada, porque la cenefa de tus baldosas, hecha con Azul de Prusia, me abstrae durante horas. Me gusta el olor del sofrito de tomate que tú vas preparando, mientras yo descifro los códigos de la cenefa, me recuerda el aroma que me vas a contagiar cuando luego me dejes exhausta y abatida en tu colchón. Azul la cenefa que tú hiciste cuando te dio por la cerámica y escribiste tu vida en los bordes de las baldosas, para que cuando todo lo anule el tiempo, venga uno de esos seres crípticos del futuro a descubrir tu mensaje secreto y montar toda una religión o una parafernalia en torno a él. Azul prusiano, ahora ondulado, ahora cuneiforme, es tu deseo, el que me abstrae también fuera de tu cocina, que ya sé que me engañas con macarrones para seducirme, para que te regale la cenefa, la que llevo escondida en secreto, la que hace que los dos rodemos abducidos hacia las baldosas del suelo.

 

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El ictiopondrio maldito

Nononononon, que estoy hartita de ir a la compra y que me den gato por liebre, como si yo fuera tonta, que ya sé que lo de mi alopecia hace pensar que tengo el cerebelo donde tendría que estar el cerebro, ¡pero no!, ¡no señor!, que a mí me dieron un premio en el colegio por inventar un sistema para que no chirríe la tiza en la pizarra, que estoy hasta las napias de que me gitaneen, que si yo he pedido anguila para cocinarla en su propia tinta, no sé por qué tienen que colarme ictiopondrios en la bolsa, que luego van y te lo ponen todo perdido. Pero es que el ictipopondrio que me dieron el otro día en el mercado de la Buena Vista era el colmo. Me dejó todo el sofá lleno de huellas de sus patitas y se comió la maceta de violetas africanas en 5 décimas de segundos, luego se tiró a la cisterna del WC y se puso a nadar con todo desparpajo, a sus anchas. Y mis amigos que iban a llegar en tres cuartos de hora y yo sin hacer la comida. Cacé o pesqué al bichejo, que la verdad es que ya no sé lo que hice, porque me obligó a correr por toda la casa, el portal, la portería, el patio de vecinos y el almacén de bicis, que ya iba boqueando él, buscando agua aunque fuera de estanque, y ya iba boqueando yo, porque me pesan los kilos, bueno y los años, porque no bebo agua mineral, pero al final cayó en mis redes, o mejor dicho en la espumadera y lo tiré a la sartén que ya estaba con el aceite humeando. Me dio un poco de pena el pobre animalejo, pero es que la comida de primeros viernes de mes con mis amigos es sagrada. Antes íbamos a hacer novenas.

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Atada

Atada de boca y manos, sin ligaduras, sólo con el silencio y la no posibilidad de actuar como pienso.
Me encuentro en el lugar que me has puesto.
Me has elegido como observadora, como buscadora de soluciones para tí.
Me ha prohibido el universo aproximarme a tí. Me obliga a una frialdad, que estoy muy lejos de sentir.
Opto por apegarme al papel que contigo me ha tocado jugar.
Alejo todas mis dudas. Es el único lugar en el que las dudas no tienen lugar.
Te sigo con mi pensamiento en tus devaneos recorriendo un sufrimiento que yo sé que será más prolongado de lo que te dejo entrever.
Acepto mi papel de madre y de padre para cuidarte en una distancia prudencial.
Dejo que lo supuestamente ético se adueñe de lo supuestamente correcto.
Y te dejo desvariar, sabiendo que estás enfermo de amor.
Y a mí se me ha permitido el papel de espectadora y facilitadora.
Sigo el camino recto, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a lo que me tienta para desviarme.
Me siento dura en esa posición que no he elegido.
Pero me salva saber que no traicionaré tu confianza.

Atada de ideas y dedos, estoy sentada desesperada delante de la pantalla.
Mi mente da órdenes para escribir algo que a mí me parece hermoso.
Y una y otra vez mis dedos se empeñan en teclear mediocridades, párrafos desestructurados, frases llenas de incorrecciones, expresiones incongruentes,… en definitiva, textos que me hacen sentirme muy por debajo de tí.
No sé si te he sobrestimado, y he olvidado que tan sólo mi individualidad implica un estilo único.

Atada y amordazada, mi boca y mi corazón lloran sin lágrimas porque no he sabido decirte cuánto te quiero por la intensidad de mi sentimiento.

Atada por mis súplicas, por el poder que sobre mí yo misma te he concedido.
Bloqueada por mis propios movimientos, por mis pasos en falso.
Limitada por la vehemencia de mi propia tormenta.
A disposición de tus caprichos injustos, emprendo intentos de vuelo que siempre acaban siendo vuelos fallidos.
Nado entre dos aguas, viajo entre dos tierras.
Me he colocado en situación en la que florecer será sólo posible al estilo de los cactus.
Mis propias espinas se vuelven hacia mí.

Una máscara veneciana, negra, blanca y roja, me ha prohibido emitir sonidos. Sólo me deja mantener una postura hierática o farsante. Los guantes que la acompañaban cuando se la compré a ese viejo del puestecillo han sellado mis manos en una expresión determinada por un guión teatral.
Es curioso.
Yo me miro y no me reconozco.
Sin embargo veo, con asombro, la cara de quienes me contemplan extasiados con toda la belleza, todo el drama, toda la sorpresa que soy capaz de crear con este disfraz.
La máscara tiene fecha de caducidad. Pero yo la desconozco. Y, mientras tanto, yo soy esclava de ella y de sus guantes comparsa.
En esta cárcel de oro, que yo no veo, pero que empiezo a reconocer por sus efectos, vivo en la duda perenne.
Si lo que siempre me construyó se caracterizaba por una capacidad de adaptación sin límites, ¿por qué ahora el límite es mi existencia?
Si el aire era mi esencia, ¿porqué ahora me cuesta tanto trabajo respirar?

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El mapa de esponja

Calle aire, calle pajaritos, calle pintor Sorolla,… y otra vez en la misma plaza, esta calle ya la he pasado, y el mapa me absorbe como una esponja, primero me hace sudar y luego me absorbe a mí sin dejar ni rastro, me vuelve a soltar en algún lugar del que ya conozco todos sus poros y me deja resbalarme entre calles, callejas y plazas para volver a evaporarme. No tengo hilos de ariadnas ni busco huir de minotauros, sólo quiero salir de este embrollo. Me paro un momento en la sombra, pegada a la pared, ciero los ojos y me doy cuenta de que estoy siguiendo mentalmente el mapa de otra ciudad, por eso no encuentro tu calle, te has ido demasiado lejos, es más ni siquiera estás por aquí y el coche me ha dejado en un lugar cualquiera que yo no deseaba visitar.

Calle flores, calle perdigón, calle San Agustín,… me da igual, desisto de encontrarme y sé que no te voy a encontrar. Se me ha acabado la botella de agua y veo una heladería plantada allí en medio como un espejismo. Absorbo el helado con sed de campamento y el mapa me absorbe otra vez a mí. Paseo por la orilla del río Agua Plana y me doy cuenta de que estoy al otro lado del mundo o de la calle o de la ciudad. El coche me ha abandonado, pero no es consciente de ello, se lo perdonaré y le renovaré la válvula EGR, el pobre se lo merece, que ha caminado mucho. A tí no sé si perdonarte, pero sé que me derretiré como una mantequilla sin marca cuando te vea y todas mis decisiones se evaporarán y serán absorbidas en otro mapa cualquiera.

Es tan fácil desaparecer.
[foto:Vesconte Maggiolo, Portolankarte (1541)]
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Mousse de lentejas

No, si es que las dos del mediodía no es buena hora para resolver problemas serios, una anda pensando ya en su mousse de lentejas sobre un lecho de humo de embutidos del país y lo de escuchar a los demás se hace pelín arduo. Bien está que me pase la mañana ajustando diabetes e hipertensiones en inglés, que para eso he desayunado mis patatas con torreznos, como mandan los cánones de la era prefranquista, pero a las dos de la tarde, el mareillo sólo me permite llegar a ciertos límites, los demás se piensan que es que tengo Alzheimer, pero mi yo íntimo sabe que es la añoranza de la mousse de lentejas. Como tengo un cupo cuyos nombres recuerdan a una lista de la ONU, me desgasto en un sinvivir de úlceras que me hablan en islandés, amigdalitis que me cuentan penas en marroquí, ambulancias que me atraen con susurros belgas, migrañas rumanas y muchas isquemias de aroma británico, que no falte de ná. Me he instalado un traductor simultáneo en la base del cráneo, me lo compré el otro día en el tres por dos de carrefour, junto con una cisterna de litros de paciencia y un desmareante sincronizado. También llevo a veces un escapulario con un trozo de reliquia de santa Miratorva de Achís, pero se me engancha con el fonendo, así que he optado por ir lo más sencilla posible, con lacara lavá, para entregarme en cuerpo y alma al amor de las muchedumbres. Pero que no venga nadie solicitar reducciones de mama ni aumentos de pene a última hora, porfaplis, que la rememoranza del humo de embutidos del país, el calabacín de faralaes y la dorada en barca de fresas, me vuelve loca y entonces me dedico a hacerles tactos rectales a los que vienen porque les ha salido un golondrino acusador en el mismísimo sobaco (más conocido como axila). A mí que me dejen, que tengo que reflexionar.
[Foto: Sebastian Kaulitzki para shutterstock]
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Zulo de flechas

Mira guapa no me mires con esa cara que delata el zulo de flechas que llevas dentro. Anda, haz el favor de no secuestrarme los sentidos, que como me los sigas mortificando te voy a tener que cantar una de Rocío Jurado.
Sé generosa y lánzame la flecha de la vista, pero no la que me ciega, sino la que engancha el ojo con el tacto, o mejor échame varias microflechas, dame una tapa de pinchitos de tacto, para que te los pueda ir clavando o me los claves tú a mí, que no sé lo que hago o digo, que esto de sentir por los sentidos lleva a muchas confusiones y luego se me dispara a mí la flecha de la lengua y la liamos. Bueno no, que la flecha de la lengua es tuya, esa que me entra por la orejilla, me produce picor y escalofríos y luego ardores en las antípodas, mientras tú te descojonas contemplando los efectos.
No sé si me entiendes, en realidad, mis metáforas siempre han sido algo oscuras, pero es que yo soy del bosque, ya te lo dije desde el principio, y tú de los limones del Caribe.
Venga, apunta y dispara, que cada día te pareces más a Guillermo Tell, y yo aquí todo emocionadito con el corazón en una manzana.
Déjame escapar a cambio de un rescate: Siempre mantendré silencio acerca del sabor de tu boca.
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Fantasgoritmos

Es que cuando hablas se me desmelenan fantasías en formas de logaritmos, o se me hacen las fantas gorgorismos en los cuellos, así que me he comprado un par de tapones para que me proteja la sordera, por no oírte haré lo que sea, he tardado muchos años en huir de tus halagos, de tus susurros y de tus parabras de saltimbanqui, bueno de la imaginación de tus palabras, porque tú huiste con mucho más de lo puesto en la época en que aún no se vendían dinosaurios en las tiendas de los chinos.

Si es necesario me tiro a la piscina, así buceando sólo oiré gorgoteos de olitas y el pitido de mis oídos, pero bien sabes cuánto me gustaría ahogarme contigo.

Mis fantasgoritmos me cuidan entre algodones para que pueda ascender a glorias supraurbanas, a veces sin oxígeno, porque respirando por branquias es muy fácil volar en medio de la hipoxia, como en un viaje espacial de cohetes a lunas de colorines.

Los cálculos de mis latidos me tienen entretenida, pero pero ya no te espero, porque para que se me pare el corazón ya existe otro mundo feliz, sin huxleys con pronósticos funestos, más bien con harleys de mentirijillas que me disparan hasta el infinito de mi ser y más allá.

Como ya sólo eres un fantasma, puedes seguir hablando, mientras yo hago con mi garganta fantasgoritmos.
[Foto: garganta de los infiernos. Fuente: dondeviajar.net]
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No hay marmotas

A Poldos

Andaba el buey de mar peludo en promíscuo jolgorio con la marmota, cuando tuvo que venir su padre, el buey mayor, calvo él para más señas, a interrumpir sus emisiones de oxitocina. Y es que no había manera de escapar a sus habilidades de rastreo, ¡ni que fuera un perro! De todas formas, ellos se las apañaron para escaquearse y escarcearse, amorosamente, se sobreentiende. Así que unas semanas lunares después, tuvieron marmotitas y bueyecitos, que se dedicaron a disparar con tirachinas a toda la vecindad. Verán ustedes, no es que yo sea especialmente cotilla, pero es que hay cosas que no se pueden tolerar. Y aquello ya estaba rozando el castaño oscuro. Así que me dispuse a sentarme a la puerta en la silla de anea, con mi bastidor, disimulando en un bordado manido mi ansiedad por atrapar a semejantes energúmenos y darles su merecido.
Pasó primero doña Marmótez del brazo de su adorado don Buéyez y seguían tan vergonzosamente acaramelados que ni cuenta se daban de los estragos de su prole.
Antes de ejercer mis derechos de ciudadanía, yo apelé a la sabiduría del buey mayor, calvo él, como ya se sabe, para ver si podía darles algún consejo o directamente con la vara verde. Pero, aparte del pelo, había perdido memoria y autoridad y me dijo que me fuera a paseo.
No tuve más remedio que dar paso a mis más íntimos deseos de venganza y saciar mi sed de justicia, ante tanta desidia.
Me hice una paella y un abrigo de pieles, con todo el dolor de mi corazón. Pero es que si hay algo que no soporto en esta vida es tan malísima educación.

Q.E.P.D.
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El cencerro de esmeralda

 
 
Esto era un cencerro esmeralda, me dijo él, con refuljores, aclaró.
Yo por más que miraba el cencerro no veía más que un badajo de hojalata cualquiera, pero la imaginación es libre.
Y siguió narrando celibateces carcelarias acerca de su anatomía.
Yo le escuché atentamente, es decir, mirándole muy fijo pero sin enterarme de nada, porque iba haciendo una narración paralela en mi interior, es decir yo para mí misma, jamás se la contaría a él, ya que derribaría el concepto de dios que tenía de su ser.
La verdad es que un poco verde sí estaba el cencerro, verde era también él, pero tanto como de esmeralda,… no sé, no alcanzaba el grado de dureza de una gema, más bien el de un entrecot tierno, o llamémoslo filetillo. Pero yo seguí con cara de atenta.
Lo de los refuljores me hizo mucha gracia, porque necesitaba un buen baño y no se le veían los brillos ni en las regiones apicales.
En resumen, me contó unas proezas un tanto originales intentando impresionarme, sin darse cuenta de que lo que más me estaba impresionando era la imaginación y la jeta que le echaba, pero, siguiendo su discurso, llegó a una narración de hechos encadenados festejosos y rijosos que tenían su miga, su aquél y su gracia.
Luego, cuando ya empezó a adormilarse, le acabé de lavar la sonda, le cambié los parches y terminé la cura y me fui sonriéndole con un hasta mañana.
 
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Desde Ali’ite

 

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.


Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.

Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

 

 

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En la rueda del reloj

     Como se me ha oxidado la rueda del reloj, el tiempo se me descalibra y mi Swatch sólo sirve de adorno para presumir, pero me quedo enganchada a ratos en tramos detenidos que me producen jet-lags. Así que para matar el tiempo, antes de que me mate a mí, me he hecho asesina en serie. Me dedico a ir a degüello a por esas víctimas que tánto confían en mí, en mi palabra, me dedico a rebanar cuellos con las afiladas hojas de diccionarios nuevos. La desventaja, que siempre dejo rastros, la ventaja, que mi cara de angelito no levanta sospechas. El resultado, que un vecino mío que dice ser detective privado me va poniendo al día de los fallecimientos, que ya empiezan a ser seis. Así voy frenando este parkinson mortal que me tiene como una rueda dentada que se atora y se acelera sin control. Y mi vida es más llevadera, menos acomodaticia, pero más llevadera. A ratos pienso en mi senectud y me siento frustrada por tantas filosofías erróneas que encaminaron mi vida a unos engranajes descascarillados. Pero enseguida se me pasa y salgo a buscar el próximo destinatario de mis palabritas. Es bonito ver cómo la letra con sangre entra o, mejor dicho, cómo sale la sangre con la letra, cómo el saber sí ocupa lugar y cómo todos esos dichos de mis abuelos toman un sentido inverso, como si se hubieran vuelto locas las manecillas del reloj.

Voy a dar cuerda a mi óxido, porque las pilas ya no funcionan y he tenido que retroceder. Volveré dentro de un ratito, no os mováis, por favor, y enseñadme las laringes para que haga un casting de degollables.

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Hablando de vainillas

Elena, que te tengo dicho que como te sigas poniendo ese perfume con olor a flan te voy a mordisquear cualquier día, que cuando haces tartas de cumpleaños para los niños con la vainilla del supermercado me pones nervioso, tenso, como un galgo en posición de haber encontrado a la presa, en posición de caza, que cuando te traigo flores y buscas con avidez los estambres para empolvarte con ellos, se te ruborizan las mejillas y ya estamos liados otra vez, porque la cara de vainilla con la que me miras es peligrosa.
Creo que tú no has pensado seriamente en las consecuencias de tu candidez, niña, yo no puedo mantenerme firme ahí tan serio y quietecito, mientras tú te embadurnas en la ducha con ese gel que te regaló tu tía cuando vino de Nueva Zelanda, de vainilla, por supuesto. Aquí va a haber una guerra de pétalos, o de capullos, me parece que vamos a tener que recurrir a las violetas, que agotan menos.
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Líneas blancas rellenas

¿Y ahora qué hago?
Me dejaste la tarea de rellenar pensamientos en blanco, para adivinar sus silencios, rellenar páginas en blanco, sólo con ideas, sin romper los vacíos, para proteger su limpieza de intrusos, no me diste la llave de abrir candados, porque no los había, pero me encontré con el blindaje de acceso no permitido a imaginaciones pobres de solemnidad.
Así que qué hago ahora,… como no sea por telepatía, como no adivine a distancia qué piensas, qué sientes, qué haces y, sobre todo, qué quieres decir…
Hace tiempo que no escribo con puntos suspensivos, es más hace tiempo que no pienso con puntos suspensivos, mis jornadas están cargadas de contenido, sin tiempo para el vacío. Y como has emitido la palabra vacío, para que yo la rellene, la lleno de líneas blancas, tú ya sabes lo que significan. Pero si me incitas, mi capacidad de rellenadora no encuentra límites, mas que los que empiezan como en un suspiro y acaban en un gemido, como me dijiste una vez, o a lo mejor no lo dijiste pero yo lo soñé.
Te van a salir líneas blancas de todos tus pensamientos, se te van disparar desde tus ideas, no voy a tener que decir nada, porque tampoco tú has dejado que nadie se entere, y ya no hablo del silencio, y ya no hablo del vacío, ni siquiera hablo del blanco, sólo de lo que yo espero y de lo que tú has emitido.
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Mi hombre ovejeto

Querido Deifontes, hombre ovejeto mío, cuánto tiempo hace que no balamos relajadamente por la era, ya se me van notando las lanas y también las ganas de oler tu piel de corderito, mi vida no es nada sin tí, tú ya lo sabías, pero te lo digo para que te regodees. ¡Ay ovejeto mío!, que ya me he quedado trasquilada y aún no encuentro mi refugio, las espigas se agostan y tú ya no me agotas, entre otras cosas porque no estás. Recuerdo el jolgorio de nuestro paseo en el trillo, con la mula rezongando por el mal ejemplo que le íbamos dando. Mi Deifontes, mi alma ausente, mi ramillete de cardos se queda sin pinchos y se me desecan los humores, pero no hay manera de que se me escurran los amores, esos que yo te tenía y que no huyen escaldados de mis memorias, las que guardo entre lazos y algodones. Qué bonito es sufrir a pecho descubierto, aunque ahora se llama en topless, o sin enaguas ni calzones, y ya de paso, rebozándose por las esquinas de los colchones. Se me sube la poesía a la cornamenta, Deifontescito mío, o bueno, de cualquier otra, pero mi ovejeto, al fin y al cabo, porque esa palabra no te la habrá regalado nadie jamás. Te fastidias y te quedas sin ella, en venganza por el abandono. Me voy a balar por los montes. Nos veremos en el paraíso, que es más agotador que los infiernos, y te vas a enterar de lo que vale una pezuña.
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Conversaciones en un autobús con aspiraciones a metro


Ella me miraba y me veía la oreja, estaba su deseo lacivo de poseer mi oreja y clara su intención de asegurarse al menos de mi capacidad de percepción auditiva, y anhelante de comprobar si mi oreja captaba sus melífluas frases y sus labilidades emocionales rememorando su encuentro con su médico. La captación por parte de mi cerebro, sin embargo, tenía órdenes precisas de filtrado y distribución de la información de forma suficiente para producirme en la cabeza un movimiento como el de los perritos de adorno de los coches, en una afirmación perenne y estirando ambos labios (los de la cara) de forma increíblemente elástica enseñando una dentadura ofensiva en su perfección, así que en mi ausencia no me dí cuenta de que ella ya había pasado a enumerarme las endodoncias, peridoncias, y otras transfixxiones perpetradas por su dentista en su boca y en su espíritu. La señora era amable, he de reconocerlo, mi amabiliadad siempre ha dejado mucho que desear, la señora tenía verdaderos deseos de comunicación, los míos estaban más próximos al del ermitaño. Pero soporté con sonsrisa estoica cuando me dio caramelos para mis niños (aún no estaba yo muy segura de si tengo hijos) y me dijo que mi marido debería sentirse afortunado por tener una esposa como yo (posiblemente el proceso de pensamiento de mi exmarido pertenezca a otra escuela). Me dirigió una profunda mirada de gallina maternal protectora (pensé: “otra”) y vaticinó que mi futuro sería muy productivo, dada mi gran capacidad creativa, su ceguera mental le impidió ver el caos. De cualquier forma le devolví sonrisa de escuela de monjas de las de antes. Por suerte estaba en Madrid, podía elegir por igual el caos o el orden. A mi lado tenía el ministerio de Agricultura con esas impresionantes estatuas en la parte superior amenazando con llevarme en sus carros a no sé qué otros tiempos igual de ilógicos. Y por lógica también, en los metroautobuses las conversaciones unilaterales no duran más de cien años. Luego eché de menos el soniquete zumbón de su voz en mi oreja, era un símbolo de orden en un mar revuelto de sonidos con menos vocación de mutismo que la mía.

Hice mutis por el foro,

o a lo mejor muté a óleo flamenco para colgarme en las paredes de algún museo de alguna Baronesa, que es que a veces pierdo las memorias.
Publicado en avionessupersonicos, inexistencia, memoriasdeunacateta, Nosonhoras, rutina de ciruelas, urbanizablesquenoespoco | 4 comentarios

cuerpo a cuerpo, compañero

Desde que te percibo con los ojos cerrados, me entero mejor de lo que eres y de quién eres. Poso mis manos en tus hombros y los percibo más recios de lo que había calculado, se parecen a tu obstinación, la que te está sirviendo para domarme, la que excita mis iras para luego dejarme riendo al darme cuenta de la intrascendencia de ciertas actitudes.
Me acerco a tí con los ojos cerrados y, aunque conservo la imagen de tu cara, de tus ojos curiosos y divertidos, también palpo temblores de emociones inconfesables.
Así que huelo el cuello y las orejas, me río un poquito por lo bajini, y dejo que te pongas colorado hasta las meninges. ¡Te he descubierto!, te estabas haciendo pasar desapercibido, pero se te nota, me ha llegado el resuello de tu respiración, y eso, a ojo cerrado, es una confesión de entrega y de deseo.
Cómo me gusta tontear contigo en esos instantes tan escasos en torno al desayuno, tomarte el pelo para que me hagas caso y no te escapes en un tren que por aquí no pasa. Me encanta incitar tu vehemencia, para que te enfades, me gusta llevarte la contraria porque sí, me hace mucha gracia sentir cómo te lo tomas a pecho.
Pero más me gusta cuando suelto algo que te deja desconcertado, que ni yo misma había calculado, que lleva a un estrecho brazo, un cuerpo a cuerpo de compañero, compañeros en la lucha y también en el deseo.

Hoy suavizaré mi ritmo, te daré tiempo para que pienses, porque yo no
quiero pensar, sólo pecibirlo, percibirte.

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Impecune

Impecune me quedé,
triste y habitabunda,
que no meditabunda,
ya que era una impecune.

Ameditabunda me quedé,
a la espera del pecunio,
buscando el garbanzo antes de junio
estornudando por los azahares abrileños,
llorando por los flatos
y por falta de zapatos.

Me fui a visitar merenderos
en vez de ir a ver escaparates,
competí con los hormigueros
y no precisamente por buscar aguacates.

Impecune me quedé,
triste, vacía y cavilabunda,
hasta que me topé con un banco,
como no me regalaron ni una enciclopedia
recurrí al método de la media.

Recuperé mi pecunio,
y saldré de la cárcel, con derecho al paro,
antes de junio.

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He sido buena

Confieso que he sido buena. He intentado leerme “El Fuego” que es la continuación de “El Ocho”, que tampoco logré terminar, en un intento de sentirme normal, ya que se “venden” entre los libros más leídos y más vendidos. Confieso, he sido buena. Tiene su valor, su buena voluntad, pero, confieso igualmente, anoche tuve que dejarlo en la página trescientosypico con la sensación de haber cumplido más que de sobra con mi intento de aproximación a los pareceres de otros mortales. Pero por poco me muero yo de aburrimiento en el intento.
No volverá a suceder.
Me voy un ratito castigada de rodillas con los brazos en cruz de cara a la pared, con varios volúmenes de El ocho y de El fuego en cada mano para no olvidar la experiencia.

Publicado en ayquécruzzzz | 12 comentarios

Micromundos, Maria Coca

¡Pero cómo me gusta ver que los colegas de andurriales escribiendo por las webs publican cosas!

Sara Coca, o María Coca: os pongo el enlace a su “Micromundos”, se puede ver una muestra.

¡Véase, véase!

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Ser médico en la guerra de Corea

Se me hace duro, durísimo, largo e incomprensible. ¿Qué pinto yo aquí?
Salí huyendo de un servicio de urgencias del que acababa drenada día sí y día no, con la esperanza de que en Atención Primaria, en medicina rural, las cosas serían duras pero no imposibles, y lo que hice fue salirme de guatemala para meterme en guatepeor, puesto que sigo haciendo el mismo esfuerzo ingente, pero lejos de mi casa, con mi familia dispersa, desubicada y desarraigada, y esperando que mi distrito sanitario vea lo que hay, que “identifique el problema” realmente (no sólo de oídas) y realmente le ponga solución. Tanto mis compañeros como yo atendemos un número excesivo de pacientes, tenemos unos cupos tremendos. Paso el 60% de la consulta en inglés, resolviendo casos crónicos de pluripatológicos que requieren algo más de los 6 minutos por paciente que tenemos asignados. Me gustan las urgencias, siempre me han apasionado, pero me deja fuera de juego tener que atender emergencias en mitad de consulta normal, pierdo el sentido de dónde estoy haciendo el cambio mental y de ritmoque requieren y luego teniéndome que desacelerar, para volverme a acelerar a los pocos minutos.
Tengo un serio trastorno adaptativo. Estoy quemada, aunque lo del síndrome de burnout se queda soso para definir todo esto.
Repito: no sé qué pinto aquí.
No he rozado aún la esquizofrenia porque mis genes no me lo han permitido, pero estoy al borde de cometer errores, serios, uno detrás de otro.
Me he quemado, me he roto. No tengo fuerzas ni para gritar, ni para llorar. Sólo sé apretar los ojos y los labios en un gesto sordo de rabia.
Cuando vuelvo de atender un estridor laríngeo en un paciente con un cáncer de laringe que casi se nos muere en la ambulancia, no tengo más remedio que pensar que el tontaina que tiene mocos y quiere la baja laborar porque le molesta la garganta y tiene tos es un imbécil.
Se me salta el gesto insultante a los que visitan una y otra vez en busca de pruebas que pongan nombre a sus padecimientos banales, llega un momento en que la paciencia es un bien preciado que tuve en otro tiempo pero ya no me queda en reserva. No todo tiene un diagnóstico y un tratamiento preciso. No está en mis manos hacer de bruja de la tribu siempre, ¡ojalá fueran resolutivas las patas de conejo y el aloe vera! En muchas ocasiones desearía simplemente roncar. A pesar de todo intento agotar mi imaginación en busca de derroteros inexplorados. Pero mis jefes no me acompañan. Me ponen cotas de objetivos muy altas pero me limitan los recursos humanos a términos risibles.
Siempre acabo el día, el medio día, con sensación de estar en una guerra perdida. El cansancio me destierra el resto del tiempo a una inexistencia brutal.
No lo entiendo.
Se me escapa el motivo por el que aún sigo sintiendo deseos de hacer algo por resolver algún problema de salud de otra persona. No sé si es la inercia o un angustioso temor a sentirme culpable si dejo de hacerlo.
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Mascotas indigentes

Hoy he alcanzado la felicidad eterna mientras contemplaba a mi mosca. Maxi, se llama Maxi. Es sólo mía, la he encerrado en el cuarto de baño, ya que se atrevió a acosarme mientras me daba el colorete, y la he hecho mía. Como es invierno, en estos momentos está sola, así que no puede llamar a sus congéneres al rescate. Siempre se ha dicho que la mosca es un ser social y es cierto.
Nos hemos mirado las dos profundamente y nos hemos frotado las patas. Durante unos breves instantes no ha sucedido nada, el tanteo del terreno siempre implica silencio y análisis detallado de por dónde pueden venir los tiros. Pero ella ha sido más inconsciente que yo y se ha movido primero, sin darse cuenta de que, después de posarse en mi nariz y ser obligada por mi mano a emigrar a la pared, no he tenido más remedio que ducharla. Lo sé, las moscas no huelen a nada perceptible para mí, pero últimamente me ha dado por duchar a todo bicho viviente que entre en mi casa. Ya os invitaré a comer algún día.
Ella se ha vuelto hacia mí mirándome algo sorprendida, pero creo que se lo esperaba, posiblemente se me adivinan las intenciones nada más verme, mi transparencia me traiciona. Ha remontado la empinada cuesta de la bañera y en un momento dado me hizo sentir pena, así que he abierto la ventana para que se secara con el aire. Pero se ha marchado y me ha dejado solitaria con mis reflexiones.
El problema de las moscas es que son un poco indómitas, no de dejan pasear fácilmente y yo no estoy por la labor de cortar las alas a nadie. Me parece que me voy a tener que comprar una tortuga para poder salir con mi amiga cuando saca a pasear al perro.
Publicado en mascotasindigentes | 4 comentarios

Mascotas indigentes

Hoy he alcanzado la felicidad eterna mientras contemplaba a mi mosca. Maxi, se llama Maxi. Es sólo mía, la he encerrado en el cuarto de baño, ya que se atrevió a acosarme mientras me daba el colorete, y la he hecho mía. Como es invierno, en estos momentos está sola, así que no puede llamar a sus congéneres al rescate. Siempre se ha dicho que la mosca es un ser social y es cierto.
Nos hemos mirado las dos profundamente y nos hemos frotado las patas. Durante unos breves instantes no ha sucedido nada, el tanteo del terreno siempre implica silencio y análisis detallado de por dónde pueden venir los tiros. Pero ella ha sido más inconsciente que yo y se ha movido primero, sin darse cuenta de que, después de posarse en mi nariz y ser obligada por mi mano a emigrar a la pared, no he tenido más remedio que ducharla. Lo sé, las moscas no huelen a nada perceptible para mí, pero últimamente me ha dado por duchar a todo bicho viviente que entre en mi casa. Ya os invitaré a comer algún día.
Ella se ha vuelto hacia mí mirándome algo sorprendida, pero creo que se lo esperaba, posiblemente se me adivinan las intenciones nada más verme, mi transparencia me traiciona. Ha remontado la empinada cuesta de la bañera y en un momento dado me hizo sentir pena, así que he abierto la ventana para que se secara con el aire. Pero se ha marchado y me ha dejado solitaria con mis reflexiones.
El problema de las moscas es que son un poco indómitas, no de dejan pasear fácilmente y yo no estoy por la labor de cortar las alas a nadie. Me parece que me voy a tener que comprar una tortuga para poder salir con mi amiga cuando saca a pasear al perro.
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Tulipanes Negros

…y dicen que desde entonces en la estación había así como un aroma a Tulipán Negro, mezclado con el de la prensa de los domingos, el olor legionelósico del aire acondicionado, y el del puestecillo de gofres. Y que una atmósfera de melancolía lo invadía todo produciendo retrasos de 8 segundos y 32 décimas en la salida de todos los trenes, que fué el tiempo que ella tardó en viscosearse. Y dicen también que por allí nunca pasará el AVE….

***

Salió vestida de tulipan negro: la cabeza con cardado de la época del twist, un inmenso moño carbón y el eyeliner haciendo arco hasta casi unirse con las cejas; el talle, o tallo andrógino, con ese vestido verde pistacho sosteniéndola precariamente, y unos tacones de los de matar a estocadas horadando los adoquines del Ayuntamiento. Pero no supo dónde ir, así que volvió a entrar a casa y se puso otra vez la bata, pero no la de cola.

***

Ha comenzado la operación Tulipán Negro y todos estáis bajo secreto absoluto. No olvidéis que la cárcel siempre tiende amablemente sus rejas al que se va de la lengua. Los objetivos están ya identificados y se os entregarán con cuentagotas a la hora del bocata. La lista de problemas y obstáculos a superar es interminable, así que tendréis que improvisar. Macías sácate el palillo de la boca mientras yo hablo, que pareces un concejal de pueblo. Lo siento pero no hay presupuesto para coches blindados, tendréis que conformaros con las bicis de alquiler. Quiero ver a todos bien camuflados, está de más decir que si os ponéis las gorras de béisbol se os nota a la legua… y en estos momentos, el peligro está ahi afuera. Compañeros: quiero que me traigáis todos los tickets del McGonalds para que me toque a mí el coche. Ya lo compartiremos.

***

Otra vez te miro, ya que últimamente es mi deporte favorito, y me imagino inmersa en otro anuncio de Tulipán Negro. Yo voy a cámara lenta, con el viento ondeándome la melena y la falda, tú te acercas y se te cae el periódico a mi lado, yo levanto el brazo y tú te incorporas acercando la nariz a mi axila bienoliente, pudiente y muy decente, a mí me da la risa de las cosquillas y tengo que volver a empezar la fantasía de anuncio, porque se va afreír espárragos el romanticismo.

***

Tus ojos, como corolas de tulipanes negros, brillan ahí muy colocaditos en su espacio natural, bien hidratados y tersos, bien definidos y sin rebabas, tus ojos me intimidan, a pesar de tu tono bienintencionado. He decidido hablarte sin verte, aunque te mire, porque, como te vea los ojillos indagándome, acabo soltando despropósitos o compitiendo contigo en alguna batalla que no sé de dónde ha surgido. No me mires, que te veo, y el reflejo verde del rabillo del ojo me enlujuria y me escama.
Anda, ponte unas gafas negras, que el mosqueo sería el mismo, pero al menos me quedaría la duda de lo que piensas.

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Tulipanes Negros

…y dicen que desde entonces en la estación había así como un aroma a Tulipán Negro, mezclado con el de la prensa de los domingos, el olor legionelósico del aire acondicionado, y el del puestecillo de gofres. Y que una atmósfera de melancolía lo invadía todo produciendo retrasos de 8 segundos y 32 décimas en la salida de todos los trenes, que fué el tiempo que ella tardó en viscosearse. Y dicen también que por allí nunca pasará el AVE….

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Salió vestida de tulipan negro: la cabeza con cardado de la época del twist, un inmenso moño carbón y el eyeliner haciendo arco hasta casi unirse con las cejas; el talle, o tallo andrógino, con ese vestido verde pistacho sosteniéndola precariamente, y unos tacones de los de matar a estocadas horadando los adoquines del Ayuntamiento. Pero no supo dónde ir, así que volvió a entrar a casa y se puso otra vez la bata, pero no la de cola.

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Ha comenzado la operación Tulipán Negro y todos estáis bajo secreto absoluto. No olvidéis que la cárcel siempre tiende amablemente sus rejas al que se va de la lengua. Los objetivos están ya identificados y se os entregarán con cuentagotas a la hora del bocata. La lista de problemas y obstáculos a superar es interminable, así que tendréis que improvisar. Macías sácate el palillo de la boca mientras yo hablo, que pareces un concejal de pueblo. Lo siento pero no hay presupuesto para coches blindados, tendréis que conformaros con las bicis de alquiler. Quiero ver a todos bien camuflados, está de más decir que si os ponéis las gorras de béisbol se os nota a la legua… y en estos momentos, el peligro está ahi afuera. Compañeros: quiero que me traigáis todos los tickets del McGonalds para que me toque a mí el coche. Ya lo compartiremos.

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Otra vez te miro, ya que últimamente es mi deporte favorito, y me imagino inmersa en otro anuncio de Tulipán Negro. Yo voy a cámara lenta, con el viento ondeándome la melena y la falda, tú te acercas y se te cae el periódico a mi lado, yo levanto el brazo y tú te incorporas acercando la nariz a mi axila bienoliente, pudiente y muy decente, a mí me da la risa de las cosquillas y tengo que volver a empezar la fantasía de anuncio, porque se va afreír espárragos el romanticismo.

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Tus ojos, como corolas de tulipanes negros, brillan ahí muy colocaditos en su espacio natural, bien hidratados y tersos, bien definidos y sin rebabas, tus ojos me intimidan, a pesar de tu tono bienintencionado. He decidido hablarte sin verte, aunque te mire, porque, como te vea los ojillos indagándome, acabo soltando despropósitos o compitiendo contigo en alguna batalla que no sé de dónde ha surgido. No me mires, que te veo, y el reflejo verde del rabillo del ojo me enlujuria y me escama.
Anda, ponte unas gafas negras, que el mosqueo sería el mismo, pero al menos me quedaría la duda de lo que piensas.

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Estaba viendo la trayectoria de Brian Eno, que se ha definido a sí mismo humildemente como un “no músico” y siempre me ha parecido tremendamente original e innovador (es el creador de lo que se conoce como música “ambient”), y me he encontrado con una página en la que hay un album “compartible” de él y David Byrne (Talking heads) de este año.
De Byrne siempre me ha cautivado su eco con ondulaciones britishhawaianas en la voz.
Os copio el vínculo, porque me apetece compartirlo con vosotros:

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